¡Fernando, seguramente que me excusarás por haberte copiado y haberte traido a este otro blog! También te llevo a Facebook al Grupo que promociona la candidatura de ¡CÁDIZ, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD!. Saludos, Fernando.
13 Octubre 2009
Domingo 11 de octubre. Acabo de cruzar el barrio de Santa María, cuna flamenca de Cádiz. En su caserío quedan vestigios del esplendor histórico de la ciudad en los siglos XVII y XVIII. Pero también de su posterior decadencia. Que es cuando empezó a brotar su sentimiento más expresivo. Más de barrio. Y que llenó sus calles de artistas. Dicen los cronistas que Cádiz albergaba -en su mejor momento- a la comunidad más opulenta y rica de Europa. Gracias al comercio con Indias, cuyo monopolio ostentó entre 1680 y 1778. Era ciudad de mercaderes. De cargadores. Holandeses, ingleses, alemanes, franceses. También de genoveses. Colonia ésta de enorme influencia, que ya a finales del XV agrupaba en la ciudad a una veintena de familias. Entre las 250 que la habitaban entonces. Y que en 1468 dio ya su primer regidor ligur, Gerónimo Marruffo. Los genoveses llegaron Cádiz al calor del negocio marítimo. Y en ella establecieron sus escritorios, en los bajos de sus viviendas. En su mayoría casas-palacios. Inicialmente dominaban el Mediterráneo, donde llegaron a ser aliados del Rey de España. Y el comercio con Berbería. Después se hicieron poderosos en la ruta de Indias. Llegaron a obtener títulos y prebendas. Levantaron con sus mármoles capilla propia en la vieja catedral. Contribuyeron con sus artistas a enriquecer el barroco local. Probaron nobleza en las órdenes militares. Desplazaron a los judíos como banqueros, cambistas y prestamistas. Muchos eligieron la carrera de la armas, aprovechando la existencia del colegio naval.

Además del convento de Santa María, el barrio dispone de otras dos iglesias, Santo Domingo y la Merced, donde tuvo capilla la familia Sopranis. Los tres templos sufrieron incendios en los años convulsos del siglo pasado. Pero Santo Domingo salvó su impresionante retablo mayor de marmol, que hoy preside la patrona de la ciudad -la Virgen del Rosario- y que fue hecho en Génova. Es Santa María un barrio de desigual caserío, con calles estrechas,cuasi sombrías, en pendiente. Con edificaciones altas, que a veces surgen como proas de barco. No en vano, fue levantado así para sortear el viento de levante, que suele azotar con fuerza en este rincón de Cádiz. Pero no rompe con la trama urbana de la ciudad, con azoteas abiertas que trasladan el agua de la lluvia a los aljibes. El XIX trajo transformaciones en el barrio, que empezó a tornar en popular. Las familias con linaje se mudaron a lugares más refinados, quedando convertidas sus casas-palacios en corrales de vecindad. En lo que fue otrora la alhóndiga, surgió una fábrica de tabacos, que llenó las calles de alegres cigarreras. De hombres de la mar. De tiendas de gallegos. De montañeses. Y de familias castellanas y gitanas que hacían vida en torno a la Casa Matadero. Vendiendo destrosos. Junto a la Cárcel Real -donde se pagaban las puñalás-, y la vieja plaza de toros de madera, levantada en honor de Isabel II. Allá en el Vendaval. Familias que se cruzan en sangre. Que acuñan cantes. Que expresan arte. Que se buscan la vida en fiestas, cafés-cantantes, teatros y plazas de toros. Lo mismo aquí que en América. Marineros. Canasteras. Matarifes. Bailaoras. Toreros. Banderilleros. Cigarreras. Carniceros. Cantaores. Arropieros. Con ellos nace un nuevo linaje en el barrio, del que surgen grandes artistas. Del toro, del cante y del baile. Los Mellizo, los Lavi, los Oro, los Ortega. Ezpeleta, Rebujina, El Marinero. La Jacoba, La señá Gabriela, madre de losGallos. Enrique y Luisa Butrón. El Águila. Caracol viejo. Macandé. Aurelio. Donday. La Niña del Columpio. La Perla. Gitanas que paren toreros. Toreros que profesan amor a gitanas. Como el malogrado Ponce -también del barrio-, que cambió su oficio de ebanista por el traje de luces para ganarse a su amada. Hermana de Enrique Ortega -el Gordo viejo-, de Barrambín, de El Lillo y de El Cuco. Torero gaditano aquel Ponce a quien Silverio inmortalizó tras la cornada que acabó con su vida en América en 1872. Probesito e Ponse./ En Lima murió./Como murió yamando a Cristina./Miren que doló.
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