jueves, 14 de mayo de 2026

La invasión de los necios o la banalidad de la mentira

 

La invasión 

de los necios o la banalidad de la mentira

Abochorna ver como determinados políticos tienen que jugar 
al juego de la banalidad 
para mantener los niveles de popularidad a la que aspiran. 
En España, Ayuso, Tellado y Abascal son un ejemplo.




“El pueblo tiene el mismo derecho a la verdad que 
a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad”. 

Epicteto


No está en nuestra mano modificar la realidad pero sí, al hablar sobre ella, disfrazarla o traicionarla con bulos y mentiras. Como escribió Pablo Neruda: La verdad ha muerto y nadie la llora”, pues no hay peor forma de poder que aquella que aspira a anular la resistencia a la verdad. Como dijo Martín Lutero: “La paz, si es posible; pero la verdad, a toda costa”. 

“Vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que de acuerdo con sus pasiones se rodearán de maestros que halaguen sus oídos, y apartarán, por una parte, el oído de la verdad, mientras que, por otra, se volverán a los mitos”. (2ª epístola a Timoteo, 4, 3-4).

No hay esfera alguna de la vida social que permanezca ajena al colonialismo de lo banal, ni siquiera la esfera intelectual, política o judicial

Este texto de san Pablo describe perfectamente una tentación general de todos los hombres, la de acomodar la verdad a sus deseos y pasiones; con él vaticinaba un tiempo futuro especialmente aciago en el que, abandonando la sabiduría, recaería el hombre en el pensamiento mítico, o sea, en la arbitrariedad de un saber y de un vivir desnortados. Con estas palabras parecía adivinar cómo sería el clima cultural y político en nuestros días, no solo de España, sino del mundo Occidental

Hoy no se soporta la verdad, se maneja el bulo y la mentira con descaro y sin consecuencias. Estamos asistiendo a una profunda transformación de nuestra sociedad por obra de las “nuevas tecnologías”. En esta sociedad del conocimiento lo que importa no es la acumulación de una sana información, sino el pretender saber y opinar de todo sin cuestionarlo y, menos, verificarlo. No hay esfera alguna de la vida social que permanezca ajena al colonialismo de lo banal, ni siquiera la esfera intelectual, política o judicial. Da la impresión de que la información seria no vende, que la verdad no está de moda, que deseamos el consumo de productos más ligeros o banales. 

En los medios de comunicación audiovisuales, se multiplica un tipo de arquetipos sociales y políticos que actúan como ganchos de interés y cuya presencia, de poseerlos, garantiza éxito seguro. Se está imponiendo una sociedad banal, una sociedad hastiada que necesita bufones para evadirse, para olvidarse de la realidad que de verdad interesa; estamos instalados en la era del postpensamiento. Tampoco los medios de comunicación calificados de serios escapan al colonialismo de la banalidad. Abochorna ver como determinados políticos tienen que jugar al juego de la banalidad para mantener los niveles de popularidad a la que aspiran. En España, Ayuso, Tellado y Abascal son un ejemplo. Y en el mundo, Trump es el “dios”. Ocultan lo serio tras las cortinas de la banalidad. Por suerte tenemos pensadores cuya obra han trascendido el paso del tiempo. Este es el caso de la filósofa y ensayista política germano-estadounidense Hannah Arendt. “La banalidad del mal” es un concepto acuñado en su libro Eichmann en Jerusalén, para describir cómo un sistema de poder político puede trivializar el exterminio de seres humanos cuando se realiza como un procedimiento burocrático ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas y morales de sus propios actos. Si Arend acentuó la banalidad en “el mal”, viviendo y escuchando lo que nos está sucediendo, podemos acuñar, remedando a la filósofa, en la banalidad de “la mentira”.

El lenguaje es una herramienta transformadora que moldea la realidad, el pensamiento y las relaciones sociales, permitiendo no solo comunicar, sino crear, influir y transformar

En las conversaciones que mantenemos a diario, quién no ha escuchado infinidad de veces la expresión “las apariencias engañan”, pues el exterior de las personas contribuye a hacernos una opinión de las mismas, a veces equivocada y engañosa. De ahí que juzgar a las personas sólo por su apariencia puede conducir a error. Si la persona “es”, nos referimos simplemente a “quién” es; en cambio, cuando hablamos de su personalidad, entendemos que nos referimos a “cómo” es; es decir, no es una consideración estática, se va construyendo en el tiempo. La acepción “persona” es una noción filosófica y jurídica, mientras que “personalidad” es un concepto psicológico. Es verdad que desde la famosa frase bíblica “Por sus frutos -o hechos- los conoceréis”, se nos enseña a identificar la falsedad de ciertas personas por sus acciones, pero en estos tiempos, en los que las nuevas tecnologías de la Información y de la comunicación se han convertido en una parte integral en nuestra vida, también las palabras pueden estar cargadas de verdad y de mentira y por sus palabras podemos conocer la personalidad de una persona.

Hoy el lenguaje es una herramienta transformadora que moldea la realidad, el pensamiento y las relaciones sociales, permitiendo no solo comunicar, sino crear, influir y transformar. Las palabras tienen una cualidad energética capaz de edificar o destruir, influyendo en la historia personal y social. Es lo que llamamos el poder del lenguaje. Desde el poder del lenguaje llegamos a entender que la historia común de un país no puede ser un campo de batalla ideológico, sino un espacio complejo donde conviven memoria, historia y vínculos culturales profundos. Frente a esta sana reflexión, muchos de nuestros políticos, también en el ámbito internacional, optan por la estridencia y la confrontación, incapaces de entender que vivimos en un escenario en el que las palabras tienen un peso histórico y político fundamental. La torpe utilización del lenguaje, y más si es intencionada, no es solo una frivolidad y banalidad políticas, es una forma de deslealtad democrática. Y bien sabemos que la honradez de una persona, sobre todo la de un político, da credibilidad y garantiza la verdad de sus palabras. 

En estos tiempos en los que la confusión es un humo que invade la realidad en la que nos movemos y somos, tal como están actuando los malos políticos, razón tenía el escritor y diplomático mexicano Marco Aurelio Almazán al afirmar que “la política es el arte de impedir que la gente se meta en lo que sí le importa”. Mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada; nos convierte en seres incapaces de distinguir la mentira de la verdad, privándonos del poder de pensar y juzgar. Banalizar la mentira, erosiona la verdad y difumina la frontera entre el bien y el mal. La industria de fabricación y distribución de mentiras a escala mundial tiene un objetivo político: romper la relación de confianza que los ciudadanos tienen con sus instituciones públicas y con los medios de comunicación; es decir, dinamita la base de la convivencia democrática.

Es la banalidad de un lenguaje que despoja a las palabras de su valor comunicativo y creíble, convirtiéndolas en un ruido constante que aleja a las personas de la verificación de la verdad

Como decía Ortega, nuestro filósofo más internacional, cada persona asume los hechos desde su posición y en función de sus creencias y circunstancias. Por ello, para no perdernos, es importante procurar ser objetivos y no dejarnos llevar por la opinión popular. “Yo soy yo y mi circunstancia” es la frase célebre en Meditaciones del Quijote de Ortega que sintetiza su filosofía: el perspectivismo. La perspectiva es el punto de vista único e insustituible desde el cual cada individuo vive y comprende la realidad; en cambio, la circunstancia es el entorno, lo no elegido: tiempo, lugar, contexto. Según Ortega, el conocimiento es una de las formas esenciales de superar la incertidumbre y la filosofía es el quehacer del hom­bre que se encuentra perdido, para lograr una certidumbre radi­cal que le permita saber a qué atenerse en su vida y conocer la verdad. Esta es la razón de por qué y para que filosofa el hombre.

El influyente filósofo sofista griego y maestro de retórica, Gorgias de Leontinos, célebre por su escepticismo radical y su dominio del arte de la persuasión, inmortalizado por Platón en su obra “Gorgias”, en la que Sócrates critica su sofista retórica, acusándole de que no buscaba la verdad, sino simplemente persuadir, argumentaba que la verdad es inaccesible y que la retórica es la habilidad de convencer, equiparando lo verdadero con lo persuasivo, demostrando el inmenso poder del lenguaje al sostener que la verdad es relativa y que lo importante es lo que convence a la mayoría, distanciándose de la búsqueda de una verdad única: es el embrujo seductor de las palabras.

No es infrecuente que este embrujo seductor sea en realidad una locuacidad vacía - denominada también verborrea o palabrería-. Es la tendencia a hablar sin aportar reflexión y contenido verdaderos. Se caracteriza por el uso de muchas palabras para expresar pocas o ninguna idea, convirtiéndose en un discurso banal. Es la banalidad de un lenguaje que despoja a las palabras de su valor comunicativo y creíble, convirtiéndolas en un ruido constante que aleja a las personas de la verificación de la verdad, de ese proceso complejo que busca evaluar la credibilidad y autenticidad de una historia o un testimonio.

Resulta difícil admitir que los puestos más relevantes para dirigir la sociedad sean desempeñados por personas a las que no se exige la certeza de su honestidad ni la verdad

Qué razón tenía el semiólogo e intelectual italiano Umberto Eco en su crítica directa y mordaz al impacto de las redes sociales en el discurso público o político, con un nivel de discusión intelectual sumamente pobre, en su famosa frase sobre “la invasión de los necios”. Para Eco, necios son aquellos que en sus plataformas periodísticas o discursos políticos han eliminado los filtros que separan la opinión razonada y fundamentada de la estúpida ignorancia, otorgando el mismo peso a ambos, cuando afirmó en el diario italiano La Stampa que: “En la actual invasión de los necios hemos llegado a aceptar que tienen el mismo derecho a hablar un idiota que un premio Nobel, llegando a fiarte de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada”. Y desde Francis Bacon, el filósofo y político padre del empirismo filosófico, y científico, tenemos clara una idea central de la modernidad: la relación directa entre saber y acción, pues, según Bacon “el conocimiento es poder”; el conocimiento no es solo acumulación de información, sino una herramienta para influir en la realidad. Aunque, cuando escuchamos a políticos y tertulianos opinar con cierta locuacidad vacía, llegamos a intuir que el enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino la pretendida ilusión de que están hablando porque creen saber. Y la pregunta que muchos nos hacemos al escucharlos, es obvia: ¿están opinando tomando como base lo que realmente conocen?, porque, según decía Jean Cocteau: “No se debe confundir la verdad con la opinión. Incluso la opinión de la mayoría”. Y mucho menos, tomar decisiones basadas en criterios puramente subjetivos, de forma arbitraria atendiendo a sentimientos o percepciones personales desde plataformas políticas, sociales, judiciales y económicas, e inducidos a través de informaciones no contrastadas. A la hora de tomar una decisión o dar una opinión, es frecuente asumir una información como cierta por el valor emocional o intelectual que le damos a quien nos la aporta en lugar de verificar la verdad real que encierra. 

Llegados a este punto, la denominada “sociedad del conocimiento en la que estamos inmersos” supondría hacer buen uso de la información abundante que proporcionan los medios de comunicación, incluida hoy la IA, y sabernos responder a estas sencillas pre­guntas sin caer ni en el escepticismo y en el dogmatismo: “¿es posible el conocimiento certero y verificado?” y “¿cuáles son sus límites”? 

El poeta satírico romano Décimo Junio Juvenal nos dejó en sus poemas una imagen crítica y mordaz de la sociedad romana del siglo I y principios del II; en él se han inspirado escritores de todos los tiempos, desde el italiano Giovanni Boccaccio hasta los británicos Jonathan Swift o Samuel Johnson. Resentido contra el emperador Domiciano, calificado por Tácito, Plinio el Joven o Suetonio como un tirano cruel y paranoico, Juvenal le satirizó en su obra, al describir su entorno imperial como corrupto, injusto y violento. En su sátira X critica la parcialidad y el favoritismo de la corte imperial, lo que le valió el exilio en la ciudad egipcia de Syene (hoy Asuán) confiscando todas sus propiedades. Muerto Domiciano, pudo regresar a Roma, donde permaneció hasta su muerte. Sus poemas satíricos critican ácidamente la conducta de sus contemporáneos: emperadores, nobles, extranjeros, homosexuales y mujeres, cuyos vicios y costumbres disolutas fueron objeto de una de sus “Sátiras” más famosa; en ellas apela al sentimiento patriótico y ataca, con indignación, la decadencia y corrupción que la sociedad y la vida romana habían alcanzado. En su sátira X escribe que “Es mucho más grande la sed de fama que la sed de virtud. Pues ¿quién abraza la virtud en sí, si le quitan los premios que conlleva la fama?” Y no son pocos los políticos que, por conseguir fama, se abrazan a la mentira, despreciando la verdad.

Y frente a la mentira y el bulo, desde la honestidad ética y política se impone la verificación, ese proceso y resultado de comprobar o de estimar la verdad de una proposición, una teoría o un hecho. Verificar la verdad de los hechos, conocida en ese anglicismo como fact-checking, es el proceso por el que se comprueba la veracidad y certeza de una información, ya en los medios de comunicación, ya en las redes sociales, pero, sobre todo, en el campo de la política y la judicatura, hoy tan denostadas, sin dejarse llevar por el sensacionalismo de unos títulos que se repiten sin verificar si su fuente es fiable; es decir, si posee certeza y verdad.

Y analizando el proceso de verificación para llegar a una verdad, aunque en otro contexto, y como hecho histórico, para algunos, discutible, aunque la historia fue documentada, recurro a una leyenda que, durante el siglo noveno de la era cristiana, el papado fue ejercido no por un Papa, sino por una Papisa, es decir, por una mujer que ocultó su identidad sexual y llegó a ser nombrada Sumo Pontífice, cuyo el nombre con el que realizó su pontificado podría haber sido Juan VIII o Benedicto III, pero que, finalmente, sería identificada como la Papisa Juana. Tras descubrirse el error, se estableció una prueba para verificar la virilidad de los candidatos: se les sentaba en una silla conocida como sedia stercoraria, (hoy expuesta en los Museos Vaticanos) que tenía un orificio en el centro, de manera que un eclesiástico podía comprobar manualmente el sexo del futuro Papa. La frase latina duos habet, et bene pendentes (tiene dos, y cuelgan bien) ponía fin a tan discutible ritual. Es el mito de los Palpati que, según la leyenda, su trabajo era verificar y confirmar, en una ceremonia, la masculinidad del Santo Pontífice. Lo más extravagante de esta leyenda es la historia de cómo fue descubierta. El hecho tuvo lugar en una procesión del Corpus Christi cuyo recorrido iba desde la Plaza de San Pedro del Vaticano hasta San Juan de Letrán, donde se aloja la actual Catedral de Roma. En un momento del trayecto, este Papa se llevó las manos al estómago y se retorció de dolor. Cayó al suelo y parió un bebé, a la vista de todos. A partir de este hecho se instauró la práctica de los Palpati. El objetivo era no tropezar dos veces con el mismo hecho

De ahí uno se pregunta si, pasados más de mil años, no podríamos volver a aplicar aquel método de inspección para comprobar la valía de los políticos que nos van a gobernar, no con los Palpati, sino con la certeza de la honesta verdad de su conducta y valor democráticos. Resulta poco razonable que para cualquier puesto en la administración se exija una oposición, a veces muy exhaustiva, pero para ser político y acabar dirigiendo sectores de la Administración Pública, basta entrar en las listas de un partido. Resulta difícil admitir que los puestos más relevantes para dirigir la sociedad sean desempeñados por personas a las que no se exige la certeza de su honestidad ni la verdad de que poseen, al menos, sentido común.

Una democracia de calidad depende en buena medida de la confianza que tengan los ciudadanos en las Instituciones que la sustentan. Los ciudadanos que aspiran a vivir en una democracia ética y transparente, saben que la identidad ética de los políticos, entendida como fidelidad a las propias convicciones morales y al cumplimiento y lealtad a los principios que prometen, es la garantía de la confianza que les merecen. Esta debe ser la identidad política y ética inalterable de su conducta y gestión; sólo por ella se les cree y se les vota. Idéntica analogía sucede con la monarquía y la justicia y con aquellos que la administran, aunque los ciudadanos no voten ni al monarca ni a los jueces. 

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