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El alumnado de clase de Religión ha caído en un lustro, entre los cursos 2019-2020 y 2023-2024, el último disponible, en 369.807 estudiantes. Un descenso que se explica solo en una pequeña parte por la evolución demográfica de la población escolar. En ese periodo, el número de estudiantes de las etapas con presencia de la asignatura (Primaria, ESO y Bachillerato) se ha reducido en 36.382. Un número que puede parece menor atendiendo a la cantidad de informaciones que hemos ido publicando sobre cómo la caída de la natalidad impacta en los centros educativos (por ejemplo, aquí). Pero ello se debe a que en el periodo analizado el golpe demográfico lo habían encajado las etapas de Infantil y Primaria, pero no la ESO (donde se ha empezado a sentir) y el Bachillerato. En estas dos últimas enseñanzas, el alumnado aumentó en dicho lustro: la ESO ganó 89.927 estudiantes y el Bachillerato, 27.876, pese a lo cual, el número de asistentes a Religión bajó en ambos.
Una parte del descenso cabe atribuirlo a la Lomloe, la ley educativa aprobada por los socialistas y sus socios en 2020, que eliminó los incentivos introducidos en la norma anterior por el PP para tratar de apuntalar la demanda (“asignatura espejo” obligatoria y evaluable para quienes no quisieran Religión, que las notas de ambas asignaturas contaran en el expediente a la hora de pedir becas o entrar a la universidad). Pero si se mira con perspectiva, el interés por las familias por que sus hijos cursen la asignatura lleva decayendo de forma sostenida al menos desde principios de siglo al margen de la ley educativa de turno (salvo algún altibajo en secundaria), en línea con el proceso de secularización de la sociedad española. Los matrimonios religiosos, por ejemplo, representaron el 16% en 2024, cuando en 2010 todavía suponían el 42%.
Ello está teniendo un efecto en el profesorado de Religión, que aunque en la enseñanza pública cobra de la administración, es elegido por los obispos. Al aprobar la actual ley educativa, cálculos internos del Ministerio de Educación estimaban que tras la aprobación de la ley, la necesidad de este tipo de docentes se reduciría en unos 2.460, del total de 12.620 que estaban trabajando en el curso 2019-2020. La realidad es, sin embargo, que el número de profesores seguía siendo prácticamente el mismo (12.554) cuatro años después pese a la debacle de estudiantes. Una parte de los docentes dan clase en varios centros, pero muchos otros dedican parte de sus horas a actividades que poco tienen que ver con el motivo para el cual fueron contratados, como vigilar los recreos y el comedor, hacer tareas de convivencia, encargarse de la biblioteca escolar o coordinar el huerto urbano, según los ejemplos recogidos de directores de escuelas e institutos.
La federación de directivos de colegios públicos Fedeip considera al respecto, según afirma su vicepresidenta, Isabel Moreno, que la evolución de la demanda requiere “una reflexión, desde una perspectiva tanto social como educativa, sobre cuál ha de ser el lugar de la enseñanza de las religiones, de todas, dentro del sistema educativo en un Estado aconfesional como el nuestro”. |
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