domingo, 1 de junio de 2025

Palestina: la existencia negada

 Palestina: la existencia negada: 8 (ENCUENTROS) Tapa blanda – Versión íntegra, 21 mayo 2025



introducción
: más allá del relato bíblico. Antes de ser problema, conflicto o reverso trágico del Estado de Israel, Palestina fue simplemente Palestina, lo cual es una obviedad, pero una obviedad silenciada y no por casualidad. A comienzos del siglo xx, y sin que los habitantes de la zona tuvieran conocimiento de que sus vidas y su destino colectivo habían adquirido carácter problemático, Palestina se convirtió en «The Palestinian Question», el término que los ingleses acuñaron para dar envoltura burocrática y aséptica al proyecto sionista que había comenzado a gestarse en Europa a finales del xix y que no solo diseñaba un futuro insospechado para la población árabe de Palestina, sino que también iba a desdibujar su pasado hasta convertirlo en mero preámbulo del Estado judío. El reclamo bíblico que, aunque los fundadores del sionismo eran laicos, estuvo siempre presente en su discurso, establecía, obviando la historia real de Palestina, una imaginaria línea de continuidad entre los tiempos bíblicos y el actual Estado de Israel. De modo que el pasado de esta región del Próximo Oriente, del que quedan abundantes testimonios desde tiempos prehistóricos, se ha visto reducido a los relatos bíblicos, la Historia Sagrada que se impartía en las clases de religión del viejo bachillerato y que, si bien es sagrada para muchos, desde luego no es la Historia de Palestina. De hecho, dista mucho de ser Historia, a no ser que incluyamos en tal categoría toda la variedad de narraciones mitológicas: babilónicas, griegas, hindúes, aztecas y tantas otras historias sagradas con las que los seres humanos han buscado entroncar su azarosa y efímera existencia con un origen trascendente y sobrenatural. Uno de los factores que sin duda facilitaron esta sustitución de la Historia de Palestina por la Historia Sagrada es el hecho de que los mitos bíblicos sean también «los nuestros», los del Occidente cristiano. Al fin y al cabo, Yahveh, Abraham, Moisés, David son nombres familiares en el mundo occidental, más aún en el de raíz luterana y, por extensión, en todo el mundo protestante anglosajón. Con todo, la Historia de Palestina, cautiva del mito bíblico y oculta tras un velo tejido de silencios, olvidos, medias verdades o falsedades convenientemente publicitadas, ha quedado silenciada pero no borrada. Una de las condiciones del tiempo pasado es que ya está cumplido y no se puede eliminar. Se puede falsear, silenciar, ocultar, pero no borrar su rastro de los libros de historia, viajes, documentos, restos arqueológicos y, sobre todo, de la memoria, que, si bien es perecedera como los seres humanos, también es transmitible de padres a hijos y a los hijos de los hijos. Así que dediquemos una somera mirada a esa historia: Palestina ha sido el término con el que a lo largo de los siglos se ha designado un espacio claramente delimitado desde el punto de vista geográfico, histórico, cultural, sociológico, demográfico, administrativo y político. Entre el Mediterráneo y el Jordán, entre las montañas al norte de Galilea y el desierto de Neguev al sur, el territorio que en época del imperio romano se denominaba Palestina se corresponde al que en el siglo xviii, y con el mismo nombre, formaba parte de la provincia siria del Imperio Otomano. Tierra de paso y cruce de civilizaciones, cargada de connotaciones religiosas e históricas para Oriente y Occidente, Palestina, además de todo eso, era la tierra donde vivían los palestinos. ¿quiénes son los palestinos? El pueblo de Palestina está inserto en el contexto histórico, lingüístico y cultural de lo que conocemos como el Creciente Fértil o, dicho en términos más recientes y eurocentristas, Oriente Próximo (próximo a Europa); una región de Asia enmarcada entre los dos grandes focos civilizatorios de la antigüedad: el sumerio-babilónico de Mesopotamia, el actual Irak, en los deltas de los ríos Tigris y Éufrates, y el Egipto de los faraones en el delta del Nilo. El bagaje histórico y cultural del que también los europeos somos herederos comenzó a gestarse hace milenios en el punto de confluencia de esas dos grandes civilizaciones del mundo antiguo. Los palestinos son descendientes de los pueblos que desde tiempos prehistóricos se asentaron en la zona más occidental del Creciente Fértil y de los que fueron llegando a lo largo de los siglos como migraciones o junto a ejércitos de conquista: cananeos, jebuseos, gabaonitas, amorreos y otras tribus semitas seminómadas componen el primer sustrato de población asentada en la región hacia el siglo xx a. C.; ocho siglos después, xii a C, llegaron, unos del desierto y otros desde el mar, las tribus israelitas y los filisteos, que dan el nombre a la región: Falastín-Palestina. Para entonces las poblaciones que habitaban la zona habían desarrollado un modo de vida urbano con una estructura política del tipo ciudades-Estado, que podríamos definir como avanzado desde el punto de vista de civilización, pero débil en el ámbito militar. La conquista de la Tierra de Canaán por las tribus israelitas se enmarca en la vieja lucha entre los nómadas del desierto y las culturas sedentarias más desarrolladas, pero carentes de la vitalidad y el empuje arrollador de los pueblos del desierto. Las ciudades cananeas fueron sucumbiendo una a una ante el ardor guerrero de los conquistadores. Pero su derrota, como tantas veces ha ocurrido en la historia, no fue total, los valores del conquistado impregnaron la vida del conquistador. Los relatos bíblicos reflejan bien esta contradicción, la imposición de la nueva fe, el culto a Yahveh, seña de identidad de las tribus israelitas, nunca termina de completarse, el becerro de oro que una y otra vez aparece como amenaza de contaminación frente a los esfuerzos purificadores, hoy los llamaríamos fundamentalistas, de los levitas, los sacerdotes de Yahveh, es la expresión de la permanente pugna entre los valores primitivos y austeros de un pueblo del desierto y los de una sociedad urbanizada, más exquisita y por ello también más decadente. Jerusalén, que se convertirá en el símbolo místico por excelencia de la tradición judía, era la ciudad de los jebuseos y ya se llamaba así cuando el rey David, con aguda visión política, la convirtió en capital de su reino. Durante el tiempo que duró el reino iniciado por David en el 1050 a. C. la pugna entre los viejos valores y creencias de la sociedad cananea y los conquistadores israelitas se mantuvo viva. El texto bíblico atribuye al rey Salomón, que se dejó seducir por la vieja cultura del país, restauró los antiguos lugares de culto a los dioses cananeos y se casó con mujeres extranjeras, el pecado que provocó el castigo de Yahveh y la descomposición del reino, que a su muerte se dividió en dos: Israel al norte y Judea al sur. El reino de Israel fue conquistado por los asirios en el 721 a. C.; el de Judea por los babilonios en el 586 a. C. Después, llegaron persas, griegos, romanos, bizantinos… El confín más oriental del Mediterráneo, el umbral por el que Oriente se asoma a Occidente, comparte el destino de las tierras que son a la vez frontera y camino, escenario del paso de ejércitos en campañas de expansión, invasiones y conquistas que van dejando su huella en el paisaje y en el alma de quienes lo habitan. Con todo, las sucesivas dominaciones, incluso las más sangrientas, que han jalonado la historia de la zona, nunca han supuesto un «borrón y cuenta nueva», los vestigios de lo antiguo no solo están en los estratos de las excavaciones arqueológicas, sino que siguen vivos en los usos, gestos, creencias, tradiciones… Esa pervivencia de lo antiguo junto a lo nuevo es una de las características identitarias de los pueblos de la región. En el año 637 de nuestra era, Palestina fue conquistada por los ejércitos árabes musulmanes (la precisión es pertinente porque en toda la zona de Oriente Próximo había una población árabe preislámica), pero su llegada, como la de los conquistadores romanos, no supuso una trasformación demográfica sino cultural de la región. La sociedad palestina, que en esa época era predominantemente cristiana, se hizo predominantemente musulmana, aunque siguieron quedando comunidades cristianas y judías, el arameo, la lengua que hablaba Jesús, se fue perdiendo a favor del árabe, la población, fuese musulmana, cristiana o judía, se arabizó de manera mucho más profunda que en el caso, por ejemplo, de Al Ándalus, ya que conquistadores y conquistados pertenecían a tribus emparentadas y con una estructura social y familiar muy similar. El proceso de arabización de las poblaciones de Oriente Próximo, como lo había sido la romanización de las poblaciones de Europa, comienza con una conquista militar y se asienta a lo largo de los años y los siglos en la lengua, la religión, el derecho, la administración, las modas artísticas, las costumbres, la estructura familiar… Ni siquiera la llegada de los conquistadores Cruzados (1099-1187 d. C.) consiguió trasformar la identidad social y cultural de la población de Palestina; de hecho, muchos de ellos terminaron arabizándose, y hoy es fácil reconocer en algunos pueblos de Jordania, Palestina y Siria, donde abundan los pelirrojos de piel pecosa, a los descendientes de los caballeros francos que llegaron como Cruzados para liberar Tierra Santa del dominio de los infieles. En el año 1187 de nuestra era, con la reconquista de Jerusalén por Saladino, la aventura de los Cruzados llegaba a su fin. Aunque su agonía fue lenta, y aún se mantuvieron en algunos enclaves como el puerto fortaleza de San Juan de Acre durante casi un siglo. La invasión de los Cruzados, que en un principio sorprendió desprevenidas a las poblaciones de la zona, es uno de los episodios más traumáticos de la historia de Palestina; la descripción de los ríos de sangre que bajaban por las calles de Jerusalén cuando las tropas de Godofredo de Bouillon conquistaron la ciudad está en los relatos que los niños árabes han estudiado y forma parte de lo que podríamos llamar memoria colectiva de las sociedades árabes, en especial del mundo árabe oriental, el Mashreq. En contraste con la crueldad de los caballeros Cruzados, al menos de la gran mayoría de ellos, se alza la figura del sultán Saladino, que entró como conquistador en Jerusalén sin derramamiento de sangre y protegió los Lugares Santos del cristianismo, como la iglesia del Santo Sepulcro, para que, bajo dominio musulmán, siguieran siendo santos y cristianos. En los relatos de la época, no solo los islámicos, sino también los cristianos, la figura de Salah Ad Din, o Saladino, es descrita siempre en términos positivos, un héroe triunfador pero magnánimo con el vencido, modelo de caballero al estilo de los libros de caballería; de hecho, se supone que inspiró algunos de ellos. En el imaginario árabe, entre el mito, la leyenda y la historia, Saladino es el modelo de dirigente honesto, carismático y libertador que, sobre todo en épocas de incertidumbre y derrota, se recuerda y añora. A la muerte de Saladino, le sucedió un periodo especialmente convulso marcado por los últimos intentos de los Cruzados de recuperar sus dominios, las luchas intestinas del sultanato ayubí, el paso de los mongoles y la toma de poder de los mamelucos de Egipto, que perduró de 1260 a 1517, cuando los turcos otomanos conquistaron Palestina. A partir de esa fecha, los territorios árabes del Oriente Próximo, así como amplias zonas de la Europa cristiana como los Balcanes, formaron parte del Imperio Otomano. Hasta la Primera Guerra Mundial. Durante ese largo periodo de poder otomano, la población de Palestina no vio alteradas sus costumbres, estatus religioso, lengua e identidad árabe. De hecho, en contraste con la convulsa historia anterior, y especialmente en los dos primeros siglos, xvi y xvii, de dominio turco, tanto la población de Palestina como del resto de los territorios árabes bajo su dominio vivieron un periodo de estabilidad política y de cierto desarrollo social, se construyeron vías de comunicación, puentes, acueductos y cientos de edificios civiles, la muralla de Jerusalén, que sigue en pie prácticamente intacta en nuestros días, fue obra del más famoso de los sultanes otomanos, Solimán el Magnífico, que gobernó de 1520 a 1566. Aunque los altos funcionarios de la Administración del imperio eran turcos, el resto de los cargos de nivel medio y sobre todo de ámbito regional se reclutaban entre las élites locales; muchos de los «notables» palestinos, no solo musulmanes, también cristianos y judíos, ocuparon cargos de gobernadores, jueces o recaudadores de impuestos para un imperio que se definía como multiétnico, multilingüístico y multiconfesional. Sin embargo, esa estructura económica semifeudal con su red de vasallajes y lealtades comenzó a resquebrajarse en el momento en el que entró en contacto con los florecientes mercados y el despegue de la economía capitalista en la Europa Occidental. Hasta mediados del siglo xix gran parte de la tierra cultivada en Palestina era comunal y existían mecanismos como el musha’a, sistema rotativo que otorgaba por turnos el cultivo de una determinada parcela del terreno común a cada una de las familias del lugar, asegurando así la supervivencia de los campesinos más pobres. Pero este sistema, que suponía un importante factor de cohesión social en el área rural, era un obstáculo a la introducción del cultivo agrícola intensivo que los mercados globales reclamaban y a las aspiraciones modernizadoras del último sultán otomano. En la década de 1880, una serie de normas fiscales y medidas legislativas sobre la propiedad de la tierra permitieron a la Administración otomana requisar las tierras de los propietarios árabes que no podían pagar los abusivos impuestos o suministrar al sultán los efectivos militares que solicitaba. El declive del Imperio, su agónico esfuerzo modernizador, se tradujo en deterioro de las condiciones de vida de sus súbditos y en el surgimiento de movimientos de protesta y rebeldía. Es en este clima de crisis y malestar creciente cuando las aspiraciones emancipadoras de las poblaciones árabes bajo dominio turco toman la forma de lucha nacional «panárabe» en la que se inscribe el movimiento nacional palestino. Pero también en estas fechas, dos fenómenos de corte estrictamente europeo marcarán el destino de toda la región: uno es el colonialismo; las dos grandes potencias coloniales del momento, Francia y especialmente Inglaterra, compiten por ampliar sus áreas de influencia y entran con fuerza en la escena de Oriente Próximo; el otro, el movimiento sionista, fundado por el periodista vienés Teodor Herzl en la década de los 80 del siglo xix. En esos años el mundo aún se dividía en dos grandes imperios, el Austrohúngaro y el Otomano, ambos iban a desaparecer muy pronto en el marco de la Gran Guerra que iba a asolar Europa y transformar el mundo. Para la población de Palestina un insospechado y dramático destino se estaba gestando. El conflicto de Oriente Próximo acababa de empezar.

¿La dialéctica del puño y las pistolas otra vez

 

¿La dialéctica del puño y las pistolas otra vez?

'La dialéctica de los puños y las pistolas' era la consigna del fundador de la Falange, Primo de Rivera. 

Ser español cada vez es más difícil, supone un oneroso esfuerzo que hacía decir a Luis Cernuda: 

Soy español sin ganas
Que vive como puede bien lejos de su tierra
Sin pesar ni nostalgia. He aprendido
El oficio de hombre duramente,
Por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero
No volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía,
cuyas maneras rara vez me fueron propias,
Cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto
y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.

Jaime de Biedma, por su parte, se lamentaba de que la historia de España era la peor de todas las historias porque acaba mal. Quizá todo ello es consecuencia de que España no ha llegado a existir nunca y sí grandes españoles, hombres y mujeres, clamando en el desierto, aislados y solos, como Borges dijo de los cordobeses Séneca y Lucano: que antes del español escribieron toda la literatura española. Desde Felipe II hasta nuestros días no ha habido en nuestro país, salvo paréntesis históricos dramáticamente liquidados, un Estado nacional, sino un Estado ideológico y, por ello, excluyente en el que gran parte de los ciudadanos han tenido que sobrevivir arropándose en la inautenticidad, desde los judíos conversos o los mudéjares hasta los antipatria de la verborrea insoportable de los años del caudillaje.

La negación violenta del adversario político, la posición ideológica propia como única posible son elementos seminales de escenarios donde la democracia es impracticable

Como nos recuerda Eduardo Subirats, desde Ganivet hasta Castro o Zambrano el centro gravitatorio de la regeneración española ha sido una reforma de la inteligencia, aplazada por siglos de totalitarismo y escolástica. A partir de ahí, sólo existe el extrañamiento del debate y la responsabilidad política. Como nos recordaba Felice Mometti, el “no hay alternativa”, como dice la derecha de sí misma: el conservadurismo o el caos, impone un estado de sufrimiento y desesperación, de desesperanza e irracionalismo propicio para la demagogia, el odio a la alteridad y el recurso a “supremos salvadores”. Es esta falta de relato alternativo lo que produce que la sociedad esté perpleja ante su propia indefensión.

Los poderes fácticos que apoyaron y fueron apoyados para su prosperidad en los años de caudillaje se mantuvieron intactos. Desde un primer momento fueron tenaces en la floración oculta del miedo a la libertad, una libertad que no había existido nunca teniendo en cuenta la duración del régimen franquista. Era necesario por el bien de todos reducir la libertad a algo ya existente. Reforma quiere decir no perder el contacto con el pasado, no dar un salto y que todo lo que dura está justificado hasta cierto punto. La incipiente y débil democracia sólo se abriría camino, como consecuencia, si el sistema se cambiaba sin cambiar los intereses del sistema. De esta forma, las élites económicas y financieras del franquismo pasaron a ser, como el racismo en el III Reich, los fundamentos no ideológicos, no opinables, no subjetivos de la nueva democracia. 

La beligerancia crispante e inmoderada del PP y VOX abren un camino inextricable en la vida pública y la sociedad española de consecuencias imprevisibles

Todo ello es la causa de la extremosidad a la que la derecha intenta llevar la esgrima de la vida pública española. Es un derrocamiento de los modos democráticos con aberraciones conceptuales como: "mafia o democracia", "organización criminal", "bandos nítidos como no se veía desde la época preguerracivilista", "momento crítico" y una España "en manos de los bajos fondos". El Partido Popular se ha inclinado por agravar sus adjetivos y enaltecer un discurso belicoso y agresivo contra el Gobierno de coalición. Y es que el franquismo reformado en el que se instala el conservadurismo carpetovetónico utiliza todo su arsenal de dialéctica autoritaria y obscenidad verbal contra una mayoría parlamentaria que es el reflejo de una España muy diferente a aquella que la derecha sepia quiere volver a reunir en la Plaza de Oriente. 

A la política violenta llamaban los griegos jeirocracia, es decir, predominio de los puños. La dialéctica de los puños y las pistolas era la consigna del fundador de la Falange, Primo de Rivera. Una solución política autoritaria requiere con anterioridad un caos necesario aunque sea inexistente, crear una ficción de país que suponga una distopía para esa España real que la derecha niega. La beligerancia crispante e inmoderada del PP y VOX abren un camino inextricable en la vida pública y la sociedad española de consecuencias imprevisibles. El enfrentamiento sin reservas contra la pluralidad democrática del país, la negación violenta del adversario político, la posición ideológica propia como única posible son elementos seminales de escenarios donde la democracia es impracticable.

Feijóo va desnudo

 

Feijóo va desnudo

Una condena por corrupción de la Audiencia Nacional en 2018, al mismísimo PP, quiere asimilarla a varias denuncias a militantes del PSOE y personas cercanas a Pedro Sánchez que todavía no han pasado de la fase de instrucción.No hace falta tener un master en psicología clínica para apreciar en Núñez Feijóo una ausencia de luces incompatible con sus aspiraciones de ser alternativa de gobierno en España.

Y no es que se le vean las costuras, es que, intelectualmente, está en pelotas, como aquel famoso emperador del cuento de Andersen. Porque Núñez Feijóo, al que, en su momento, le dijeron haber vestido con ropajes de gran alternativa, hace ya tiempo que se pasea por la escena española con las vergüenzas al descubierto. Y, no parece darse cuenta de ello. Si de sabios es rectificar, lo suyo es más bien de seguir la misma linde, independientemente de si se ha acabado o no. Con las orejeras de su desconocimiento está dispuesto a llegar al ridículo, y más allá.

Si Diaz Ayuso acusa a Sánchez de narcotraficante, le fuerza a Feijóo a subir el diapasón so pena de ser calificado de flojo

En ese camino, Feijóo acaba de hacer parada y fonda en una nueva pasarela donde exhibir sus transparencias. En una declaración urbi et orbi, ha vuelto a cantar. Y no me refiero a su ya famosa cantinela, sino a las acepciones 4, 5 o 6 del DRAE (no hace falta que las busquen, son esas que se imaginan). El estribillo es el ya conocido, corrupción, mafia socialista, etc, pero entonado con mayor énfasis y el empleo de palabras más gruesas.

Aunque para él cualquier momento es bueno, esta vez también se ha visto obligado a salir al escenario por la última barbaridad de Diaz Ayuso, como cuando la convocatoria del próximo congreso del PP. Si Diaz Ayuso acusa a Sánchez de narcotraficante, le fuerza a Feijóo a subir el diapasón so pena de ser calificado de flojo. Y, claro, este no tiene más remedio que disimular su flojera exagerando el gesto. O acusa a Sánchez de pederasta o dice que es el inventor de la corrupción, de las cloacas del estado y de todas esas cosas de las que, por cierto, se están ocupando varios juzgados con miembros del Partido Popular acusados y abrumados por evidencias en su contra.

Núñez Feijóo, al que, en su momento, le dijeron haber vestido con ropajes de gran alternativa, hace ya tiempo que se pasea por la escena española con las vergüenzas al descubierto

Se dice que, el que tiene un martillo lo ve todo como si fueran clavos. Y al Partido Popular le pasa lo mismo con la corrupción. Un partido cuyo líder, Rajoy, fue censurado por haber obtenido la única sentencia condenatoria por corrupción, trata de asimilar sus hechos probados con actos presuntos de otros. Así, una condena por corrupción de la Audiencia Nacional en 2018, al mismísimo PP, quiere asimilarla a varias denuncias a militantes del PSOE y personas cercanas a Pedro Sánchez que todavía no han pasado de la fase de instrucción. O, también quiere hacer equivalente las actividades de todo un ministro del Interior, y su secretario de Estado de Seguridad correspondiente, ambos del PP, organizando la célebre "policía patriótica", con unas conversaciones de una militante del PSOE, tratando de vender ciertas ayudas a un empresario en apuros judiciales.

Y, con todo ello, manifiesta, ya no la rotura, sino la "somalización" de España hundiéndose en la podredumbre, el caos y el infierno. Pero no le da, a pesar de todo, para presentar una moción de censura, lo que hace preguntarse, ¿para cuándo la deja? ¿Qué más debe pasar para que llegue ese momento tan trascendente?

Porque, como él dice, voluntad no le falta. En realidad, está como loco por presentarla. Al parecer, y al contrario que en julio de 2023, cuando no fue presidente porque no quiso, ahora está que bebe los vientos por vivir en el Palacio de la Moncloa. Lo que pasa es que los demás no le acompañan en el empeño. En definitiva, dice que quiere, pero no puede.

No me extrañaría que, al igual que en una manifestación de exaltación de Feijóo la gente empezó a gritar, ¡Ayuso, Ayuso!, haya, ahora, quien demande ¡Aznar vuelve!

Y no es solo cosa de VOX, con los que, ya lo ha demostrado en algunas comunidades autónomas, puede ponerse de acuerdo sin más que aceptar dos o tres barbaridades. No, su problema es que no le vale con eso y le hacen falta algunos pocos votos parlamentarios más. Y tiene la candidez de pedirlos. Pidió en su momento, recuérdenlo, al PSOE, ayuda para derogar el sanchismo, de la misma forma que, ahora, le pide ayuda al PNV para quitarle el famoso palacete de Paris o a Puigdemont para cargarse la amnistía que le permitiría volver a España o entorpecer su pretensión de que el catalán se oiga en Europa. No me extrañaría que, entre los hábitos culinarios de Feijóo, esté el de asar la manteca. 

Por eso, se conforma con organizar una, otra, manifa contra Sánchez. Ni siquiera puede esperar, confiando en que el que pueda hacer algo, que lo haga, a que florezcan los almendros. Habría que esperar al 23 F y, a lo mejor no llega hasta entonces.

Porque, la verdad es que el tinglado que tiene montado con lo de la corrupción de Sánchez, tiene los días contados, a no ser que vayan incorporando nuevos elementos por muy endebles que puedan ser con tal de mantener las instrucciones judiciales en pie como un número malabarista de platillos giratorios.

Y, con todo ello, y aspirando solo al circense "más difícil todavía", la verdad es que le está quedando cada vez menos margen para sorprender con nuevas representaciones histriónicas. Solo Diaz Ayuso puede echarle una mano en esa especialidad, pero le hará, como siempre, ir a remolque.

Me da a mí que gente desmemoriada de su partido se estén preguntando que habrán hecho para merecer esto, o sea, a Feijóo. Tendrán no solo que recordar que le eligieron hace tres años, sino que le van a volver a renovar el contrato en su próximo congreso. Ellos verán, pero no me extrañaría que, al igual que en una manifestación de exaltación de Feijóo la gente empezó a gritar, ¡Ayuso, Ayuso!, haya, ahora, quien demande ¡Aznar vuelve!




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Así encerraron a cientos de mujeres “pecadoras” en Córdoba para reeducarlas conforme a la moral católica

No nos conocemos pero ... nos necesitamos

 


Una sociedad manipulada