Vito Quiles o la política del estruendo
Este artículo no pretende defender a nadie —ni a Begoña Gómez, ni a Pedro Sánchez— ni tampoco entrar a valorar posibles afinidades o connivencias entre Vito Quiles y el Partido Popular. Su propósito es simplemente señalar y rechazar una forma de actuar que degrada el ejercicio del periodismo y contamina el espacio público. Porque más allá de nombres propios, lo preocupante es el uso del ruido, la insinuación y la provocación como sustitutos del rigor informativo.
En la España mediática de hoy, donde el grito compite con el argumento y la sospecha cotiza más alto que la prueba, el nombre de Vito Quiles ha dejado de ser un eco marginal para convertirse en símbolo de una forma de hacer política, concretamente la del estruendo permanente.
Quizá el problema no sea únicamente quién lanza la pregunta o quién agita la acusación, sino el sistema que convierte ese gesto en espectáculo y ese espectáculo en munición
De un personaje vinculado a plataformas como Estado de Alarma. Orbitando en la constelación de la derecha mediática, Quiles no informa sino simplemente irrumpe. No pregunta sino dispara.
Sus intervenciones en ruedas de prensa no buscan esclarecer, sino tensar. Su objetivo no aspira a conocer la verdad, sino a provocar impacto a expensas de frases diseñadas para sobrevivir en el ecosistema voraz de las redes, donde la viralidad sustituye al rigor y el ruido se confunde con relevancia.
No estamos ante un periodista en el sentido clásico, sino ante una figura mutante, mitad activista, mitad agitador, plenamente adaptada a una lógica donde la confrontación no es un medio, sino un fin.
En ese tablero donde Vito mueve sus trucadas piezas, el nombre de Begoña Gómez se ha convertido en un objetivo recurrente y obsesivo. Alusiones constantes, insinuaciones reiteradas, acusaciones que se deslizan sobre investigaciones aún embrionarias o promovidas por organizaciones como Manos Limpias, cuya credibilidad ha sido tantas veces cuestionada.
No importa la solidez del caso sino la persistencia del eco, y la sospecha, una vez sembrada, hace el resto.
El fenómeno Quiles no crece en el vacío, necesita altavoces, y los encuentra.
El Partido Popular ha jugado a un doble registro que roza la ambigüedad calculada a expensas de una prudencia institucional en el discurso formal y el aprovechamiento político en la trastienda.
Mientras algunos dirigentes populares—los menos— invocan la cautela y el respeto a los tiempos judiciales, otros han integrado el caso en su arsenal retórico contra Pedro Sánchez, contribuyendo a amplificar un relato que aún carece de resolución firme. Y ahí es donde la cuestión deja de ser anecdótica para volverse estructural.
¿Fiscalización legítima o acoso revestido de periodismo?
¿Control democrático o linchamiento diferido?
La diferencia no es semántica sino el cimiento mismo de la convivencia democrática. Porque una democracia sana exige vigilancia, sí, pero también exige límites. Exige que la presunción de inocencia no sea papel mojado, que la proporcionalidad no se diluya en la histeria y que la frontera entre lo público y lo privado no se convierta en un territorio de caza.
Cuando el ruido sustituye al dato, cuando la insinuación desplaza a la prueba y cuando actores políticos legitiman ese juego sin esperar a la justicia, lo que se erosiona no es solo la reputación de una persona, sino la credibilidad del sistema entero.
El espacio público se degrada. La verdad se adelgaza. La política se embrutece. Y en ese paisaje, cualquiera puede convertirse en objetivo. Basta con que su nombre resulte útil.
El caso de Begoña Gómez no es solo un episodio sino un síntoma que pone al descubierto hasta qué punto hemos desdibujado la línea que separa el control del poder de la persecución personal.
Quizá, al final, el problema no sea únicamente quién lanza la pregunta o quién agita la acusación, sino el sistema que convierte ese gesto en espectáculo y ese espectáculo en munición. Un sistema donde medios, partidos y audiencias participan —a veces con entusiasmo, otras por inercia— en una maquinaria que premia el exceso y castiga la mesura.
Y en esa maquinaria, el silencio reflexivo ha dejado de tener valor. Porque ya no compite con argumentos, sino con el estruendo.



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