martes, 19 de mayo de 2026

El error y el error Sánchez

 

El error y el error Sánchez

Derrota sin paliativos que deja a la izquierda muy tocada y a la espera de una cura de urgencia que le permita concurrir a futuros comicios con aires renovados.


Pasadas las cuartas elecciones autonómicas con victoria del Partido Popular y Vox, es decir, de la extrema derecha y de la derecha más extrema de Europa, todos, como siempre se afanan en demostrar que no han perdido o que no lo han hecho tanto. La verdad, sin embargo, es terca, en Andalucía ha ganado la extrema derecha que, en conjunto, ha obtenido más del sesenta por ciento de los sufragios emitidos, quedando la izquierda reducida a poco más de un tercio de los votos. Eso en la comunidad más roja de España, la que sufrió con más saña la represión fascista, la más pobre, la que más emigrantes ha dado al mundo. Ni Por Andalucía ni Adelante Andalucía han recibido votos suficientes como para mostrar la alegría propia del triunfador, ni siquiera para poder influir un poco en la política andaluza; por su parte el Partido Socialista ha obtenido el peor resultado en cuarenta y cinco años. Derrota sin paliativos que deja a la izquierda muy tocada y a la espera de una cura de urgencia que le permita concurrir a futuros comicios con aires renovados y la frescura de que en la actualidad carece. 

Es posible que los andaluces, al igual que aragoneses, castellanos y extremeños, hayan dejado de ver en la socialdemocracia un instrumento válido y eficaz para la resolución de sus problemas

El primer error cometido en las elecciones andaluzas del pasado domingo es el del pueblo, sí, porque el pueblo se equivoca y es a veces capaz de dispararse en la yugular con todo alborozo. Se puede justificar el voto derechista de los andaluces alegando el contexto internacional favorable a esa ideología, el hartazgo del susanismo del que María Jesús Montero formó parte, el daño hecho por el independentismo catalán o la discriminación en la que creen vivir muchos andaluces. Bien, todas esas cuestiones pueden haber influido en la derechización del electorado, del mismo modo que ver como los problemas fundamentales se enquistan y parecen no tener solución. Es posible también que exista un voto de castigo contra el gobierno central o que simplemente los andaluces, al igual que aragoneses, castellanos y extremeños, hayan dejado de ver en la socialdemocracia un instrumento válido y eficaz para la resolución de sus problemas. Sea como fuere, lo cierto es que los andaluces, con su voto, han respaldado la política de privatizaciones del Partido Popular, las listas de espera cada vez mayores en la Sanidad Pública, el desmantelamiento de la Educación Pública y el saqueo de las arcas públicas por las empresas parasitarias que navegan al lado de ese partido y de Vox. 

Pueden quejarse, pueden maldecir al consejero de Sanidad que organizó lo de los cribados, pueden manifestarse en las puertas del Palacio de San Telmo o tirarle una patata a la televisión cuando salga Juan Manuel Moreno Bonilla -a quien no sé por qué razón llaman Juanma, como si fuese un colega de la escuela- en Canal Sur, pero lo que está claro es que mayoritariamente los andaluces han respaldado la política llevada a cabo por el Partido Popular, que, como en el resto de España, no consiste en otra cosa que en privatizar todos los servicios públicos y crear una red clientelar que haga imposible el cambio político. 

Sánchez ha carecido de asesoramiento estratégico brillante, ha tenido buenos colaboradores, otros sinvergüenzas

Señoritos con el brazo en jarra sobre blanco corcel, duques, marqueses y condes con clavel en la solapa favorecidos por la política agraria común, benefactores de la humanidad; obispos, arzobispos, cardenales y monjas del Beaterio de Santa María Egipciaca que rezan por todos, por la mañana, por la tarde, por la noche, sin olvidarse de nada ni de nadie, para que todo siga como siempre debió de seguir. La vida vuelve a lo que fue, cada uno ocupa su lugar, el que Dios le dio al nacer, el que se merece por linaje, ya no hay pelo largo, ni tío que se plante ante el señorito, ahora todos a cantar sevillanas, a viajar al Rocío y a la lista de espera, que seguirá creciendo y creciendo hasta que quede vacía porque todos habrán podido comprobar que votar no es ninguna broma, que con el voto va el cuidado de la Sanidad Pública o su desguace, la inversión en escuelas magníficas o el concierto con los colegios de curas y monjas para que adoctrinen a los chavales en medievalismos, la aplicación de la Ley de Dependencias o su congelación. No se vota por rabia, ni por venganza, ni por despecho, el voto decide nuestras vidas y olvidarse de ello es tan pueril como cifrar el bienestar en lo que hacen el Sevilla o el Betis. 


Pedro Sánchez tiene una cualidad que casi todos reconocen, su capacidad para resistir demostrada desde el primer día en que pisó la Moncloa y le sobrevino el coronavirus. Desde entonces muchas calamidades han azotado a España y al mundo sin que este señor haya tirado la toalla, pese a tener compañeros de viaje de condición absolutamente repugnante. Hay otras virtudes y otros defectos que no vienen al caso enumerar en este momento, salvo uno, el exceso de confianza en si mismo y en las propias decisiones. Desde el primer momento, Sánchez ha carecido de asesoramiento estratégico brillante, ha tenido buenos colaboradores, otros sinvergüenzas, pero ninguno con una visión de futuro clara ni con capacidad suficiente para elaborar estrategias que hagan daño a la oposición, cosa que se echa mucho en falta dado el carácter salvaje de la derecha hispana y su bajísimo nivel intelectual. 

Esa soledad en el mando, soledad en la que se mueven muchos dirigentes socialistas en ayuntamientos y comunidades dada la escasa militancia que nutre al partido, llevó a Pedro Sánchez a nombrar ministros de sus gobiernos como candidatos a presidentes de las distintas autonomías, error que no habría cometido de contar con el asesoramiento adecuado o con la presión desde abajo de los afiliados a las distintas federaciones. Con un gobierno asediado por los medios y las redes, sin un aparato de contrapropaganda eficaz y con la mala leche necesaria, inmersos en la sociedad del bulo y del agravio comparativo, nombrar a los candidatos autonómicos desde Madrid y entre miembros destacados del propio gobierno es un error estratégico de tal calado que debiera obligar a rectificación inmediata de cara al futuro próximo. No afirmo que tal decisión haya tenido una influencia decisiva en las derrotas socialistas en las últimas elecciones autonómicas, pero sí que tal vez ese resultado habría sido menos duro si los candidatos hubiesen salido de abajo, de donde vive la gente. 

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