“Todo empezó con una foto editada con inteligencia artificial”, relata Ana. Un compañero la compartió en un grupo privado y, en horas, la humillación circulaba por todo el centro. Ahora Ana no solo sufre mensajes hirientes en redes, también se enfrenta al silencio cómplice de los pasillos y a notas crueles en su pupitre. Para ella, el mundo digital y el físico se han fundido en un único espacio de malestar del que no puede escapar.
El caso de Ana no es una excepción. Relatos como este son habituales en el ámbito educativo. En una clase promedio de 30 estudiantes, las estadísticas de informes como los de UNICEF o de la Fundación Mutua Madrileña y la Fundación ANAR indican que, de media, dos o tres estudiantes por aula podrían estar sufriendo esta situación en silencio.
El ciberacoso tiene efectos devastadores en la salud mental: depresión, ansiedad, alteraciones del sueño, sentimientos de soledad y, en los casos más graves, ideación suicida. A pesar de los esfuerzos institucionales y de los debates sobre la restricción de dispositivos, las investigaciones sugieren que las medidas puramente punitivas no bastan.

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Las competencias emocionales del profesorado
Si bien las competencias emocionales del alumnado funcionan como un recurso de afrontamiento clave, la ciencia está poniendo el foco en un factor social determinante: la percepción que el alumnado tiene de las competencias emocionales de su profesorado.
Nuestra investigación reciente revela que cuando los estudiantes perciben en sus docentes comportamientos emocionalmente competentes (empatía, escucha activa y validación), la cibervictimización tiene menos consecuencias psicológicas graves.
Nuestra misión es compartir el conocimiento y enriquecer el debate.
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El clima emocional del aula actúa como un “amortiguador”, y en este clima no solo influye que el alumnado disponga de buenas herramientas emocionales, sino que sienta apoyo o comprensión de su profesorado.
Una influencia positiva
No se trata de responsabilizar al profesorado de lo que ocurre tras las pantallas, sino de reconocer su influencia en el ambiente emocional del aula. En el caso de Ana, un profesor o profesora emocionalmente competente habría detectado cambios en su comportamiento (por ejemplo, menos participación, mayor aislamiento o descenso en el compromiso académico) y habría generado un espacio de conversación privada para preguntarle cómo se encontraba y ofrecer herramientas para intervenir.
Una formación sólida en competencias emocionales facilita la detección temprana y permite ofrecer a víctimas como Ana un entorno seguro que amortigüe el impacto psicológico mientras se ponen en marcha las medidas institucionales y restaurativas necesarias.
Clima emocional y docente
Para que los profesores y profesoras sean percibidos por sus estudiantes como figuras en las que confiar y capaces de construir un clima positivo en el aula, se pueden poner en práctica una serie de comportamientos en el día a día.
Algunas claves pueden ser:
Mostrar a chicos y chicas que nos importa cómo se sienten. Iniciar la clase con preguntas como: “¿Qué tal el día?” o “¿Cómo estáis?” puede parecer un gesto sencillo, pero prestar atención a las respuestas, mostrar interés o retomar más tarde algo que hayan comentado ayuda a transmitir que su bienestar importa.
Mostrarse accesible y facilitar la comunicación más allá de los contenidos académicos. Por ejemplo, aprovechar los cambios de clase o el inicio para mantener conversaciones informales. Esto puede ayudar a crear un clima de cercanía donde el alumnado se sienta cómodo compartiendo preocupaciones.
Validar las emociones del alumnado sin minimizarlas. Por ejemplo, si surge una discusión entre estudiantes en una clase el o la docente puede reconocer primero el enfado o la frustración antes de intervenir para resolver el conflicto. De esta forma se reduce la tensión inicial y el alumnado se siente escuchado, lo que facilita reconducir la situación.
Identificar cambios en el comportamiento y generar espacios seguros de conversación. Prestar atención a señales como una menor participación en clase, mayor aislamiento de los compañeros o una caída repentina en el rendimiento académico puede ayudar a detectar situaciones de malestar. Por ejemplo, si una estudiante como Ana que suele participar activamente lleva varias semanas sin hacerlo, puede ser útil buscar un momento tranquilo al final de la clase o en una tutoría para preguntarle cómo se encuentra.
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Estos comportamientos fortalecen el vínculo entre docentes y estudiantes y pueden ayudar a que el profesorado sea percibido como una figura de referencia. Además, prestar atención a las claves emocionales del aula facilita la detección temprana de situaciones de malestar o de posibles dinámicas de acoso o ciberacoso.
Hacia una cultura del respeto
La prevención del ciberacoso es responsabilidad de toda la comunidad educativa. Además de la implicación del profesorado, es necesaria la formación socioemocional y digital del alumnado y el acompañamiento activo de las familias.
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No se trata únicamente de activar protocolos ante un conflicto, sino de sostener una cultura escolar que prevenga el daño antes de que aparezca. Y la prevención eficaz no nace únicamente de normas y sanciones, sino de relaciones personales sólidas y entornos educativos donde el respeto y la empatía forman parte de la experiencia diaria del alumnado. Cuando estas competencias se trabajan de manera sistemática y transversal apostando por la implicación de todos los agentes educativos es cuando se reducen las conductas de riesgo.
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