Mariano Rajoy convierte el olvido en política de Estado selectiva.
Hay olvidos que humanizan como por ejemplo las gafas en la nevera, las llaves en el bolsillo equivocado, el nombre de un actor secundario que juraríamos conocer… y luego están los presuntos olvidos que organizan un relato que selecciona con precisión quirúrgica qué debe evaporarse y qué permanecer.
Estamos así ante un fenómeno curioso, según el cual, cuanto más delicado es el episodio, más liviano se vuelve el recuerdo
En el sofisticado caso del segundo tipo de olvidos, Mariano Rajoy ha ofrecido estos días una lección magistral a propósito del llamado Caso Kitchen, y su comparecencia podríamos resumirla en una idea sencilla y casi minimalista: si algo ocurrió, no consta; si consta, no lo recuerda; y si alguien lo recuerda, quizá convenga revisar la memoria de ese alguien.
Queda así de manifiesto una poética del olvido aplicada a la vida pública, con la elegancia de quien evita hábilmente el barro sin negar que exista.
Como diría el personaje en cuestión, el asunto no es menor, pues el caso Kitchen gira en torno a una presunta operación para obtener información sensible del entorno de un antiguo tesorero en un momento en que las investigaciones judiciales incomodaban a más de uno. Pero, escuchado el relato del expresidente Rajoy, lo sucedido se minimiza y se parece más a una gestión administrativa sin épica, a una historia sin villanos y sin sombras, y sobre todo sin recuerdos comprometidos que en la desmemoria transforman actos delictivos en una cortesía y legalidad impecable que evitaba —sin vergüenza— cualquier detalle punible.
A poco que nos adentramos en escena, salta enseguida a la vista algo de comedia sutil ya que la memoria no falla al azar y sabe tropezar justo donde la conversación se vuelve incómoda.
Así es como a poco, algunos mensajes célebres sobreviven al paso del tiempo —los que ya forman parte del folclore político—, mientras que otros, menos afortunados, se diluyen en una bruma amable donde la consigna “no lo recuerdo” se convierte en una herramienta de precisión y un mecanismo de defensa con modales de cortesía.
Mientras tanto, en paralelo, la causa judicial continúa su curso y otros nombres asumen el peso del proceso, como el exministro Jorge Fernández Díaz para quien la Fiscalía ha solicitado penas relevantes. La trama, según la investigación, incluiría seguimientos, uso de fondos reservados y la colaboración de confidentes. Pero, de nuevo, todo eso pertenece a una narrativa distinta. Otra memoria, por así decirlo.
Hay, además, un matiz interesante según el cual la responsabilidad se difumina, los niveles de decisión parecen rebajarse, las jerarquías se vuelven más ligeras, como si el poder, en determinados momentos, se ejerciera en voz baja o por delegación involuntaria.
Estamos así ante un fenómeno curioso, según el cual, cuanto más delicado es el episodio, más liviano se vuelve el recuerdo de quienes estaban entonces en la cúspide, las piezas encajan a voluntad de quienes delinquen, y un la realidad se observa desde tres relatos superpuestos: el judicial, el político y el memorístico, este último, quizá el más estilizado, con la habilidad de no contradecirse y no entrar en detalles, de tal manera que al final se imponga la impresión, casi literaria, de un personaje de ficción hábil atravesar historias incómodas a expensas de aligerar el equipaje, no cargar la trama con episodios difíciles, no acceder a conversaciones inoportunas, hablar solo lo imprescindible y lo que menos comprometa, limitándose a seguir adelante con la serenidad de quien nada tiene que explicar… o nada que recordar.
Y es ahí, en el equilibrio entre lo dicho y lo olvidado, donde asoma una pregunta que sigue suspendida en el aire, tan discreta como persistente: ¿es la memoria la que falla… o exactamente funciona como se espera de ella?



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