¿Es mejor trabajar sentado o de pie?
Durante años hemos escuchado que “sentarse es el nuevo tabaco”. La frase tiene gancho, se recuerda bien y parece resumir un problema real, pero también simplifica demasiado.
Porque si sentarse fuera siempre lo peor, bastaría con levantarse. Y no es así.
Para millones de personas, trabajar de pie no es una alternativa saludable, sino una exigencia diaria: sanitarios, docentes, personal de comercio, camareros, operarios de industria o peluqueros pasan muchas horas sobre sus pies. Y eso también pasa factura.
Los trastornos musculoesqueléticos siguen siendo el problema de salud laboral más frecuente en Europa. Afectan a la espalda, al cuello, a los hombros, a las piernas y a los pies. En España, según el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo, el 29 % de los accidentes laborales con baja en 2024 se debió a sobreesfuerzos físicos, y los trastornos musculoesqueléticos representaron el 78 % de las enfermedades profesionales.
El cuerpo no está hecho para quedarse quieto
Entonces, teniendo esto en cuenta, ¿es mejor trabajar sentado o de pie? Quizá estamos formulando mal la pregunta, porque, en realidad, lo importante es cuánto tiempo pasamos en cada postura y cuántas veces nos movemos durante la jornada.
El cuerpo humano tolera mal las posturas mantenidas: mientras que pasar largas horas sentado suele favorecer molestias en la zona lumbar, el cuello y los hombros, permanecer muchas horas de pie se asocia más con fatiga, dolor lumbar y sobrecarga en piernas y pies. En otras palabras, estar sentado y de pie no duele igual. Pero, desde luego, ninguna de las dos posturas resulta inocua si se prolonga demasiado.
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El pie: el gran olvidado
Por otra parte, cuando hablamos de dolor laboral casi siempre pensamos en la espalda, pero el cuerpo empieza a soportar la jornada desde abajo.
El pie es la base mecánica sobre la que se apoya todo lo demás: contacta con el suelo, reparte presiones y transmite fuerzas hacia tobillo, rodilla, cadera y columna. Si esa base pasa horas trabajando sin apenas descanso, el resto de la cadena también puede resentirse.
De hecho, en un estudio reciente realizado con trabajadores de línea de montaje, una jornada completa de trabajo de pie se asoció a cambios medibles en la postura del mismo y en la distribución de las presiones plantares, además de molestias frecuentes en la zona lumbar, las rodillas y los propios pies.
En otras palabras, no todos los pies responden igual a las mismas exigencias laborales, y esa diferencia biomecánica puede influir en la aparición de molestias.
Entonces, ¿qué es mejor?
Como insiste la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EU-OSHA, lo más saludable suele ser alternar posturas, introducir movimiento y reducir el tiempo continuo en posiciones estáticas.
A veces buscamos soluciones llamativas: mesas elevables, “sillas milagro”, plantillas o dispositivos de moda, como correctores posturales, cojines ergonómicos o soportes lumbares prefabricados. Algunas herramientas pueden ayudar, pero ninguna compensa por sí sola una jornada mal diseñada.
La prevención real suele ser menos vistosa y más eficaz: pausas breves, rotación de tareas, ajuste del puesto, calzado adecuado, ejercicio físico y organización del trabajo que permita moverse.
En definitiva, no hace falta demonizar la silla ni idealizar estar de pie. Necesitamos entender que el organismo está hecho para cambiar, adaptarse y moverse. Cuando el trabajo nos obliga a permanecer demasiado tiempo en la misma posición, entonces es cuando empiezan los problemas.

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