Pienso que el burka está de sobra. Pero no por eso soy islamófobo, de la misma manera que estoy en contra de las procesiones y no por eso soy cristianófobo
En mi infancia, las mujeres debían ponerse un velo o pañuelo en la cabeza para entrar en la iglesia. Si no lo tenían, se cubrían con lo que encontraban a mano. Recuerdo cómo una vecina le solía pedir prestado a mi madre el necesario velo para cumplir con el requisito eclesiástico. Los hombres y las mujeres se situaban separados dentro del recinto sagrado.
El velo no lo prohibió nadie pero fue desapareciendo en una España que se iba secularizando con rapidez. Pronto se mostró como una prenda ridícula, residuo de una tradición con rasgos machistas. Porque era uno de los símbolos que marcaban a la mujer y la colocaban por debajo del hombre.
Ahora ha vuelto la discusión sobre si debe prohibirse el uso en el espacio público de prendas como el burka, el nikab y el hiyab. Y eso atañe a la religión musulmana. Me llama la atención que a un tema que viene de lejos se le meta, descaradamente, en el saco de las ventajas y desventajas políticas. Para ello se dan porcentajes, encuestas y sesudas interpretaciones legislativas. Y, por supuesto, siempre se recurre al mantra de las aviesas intenciones de unos y otros.
Decir que se trata de libertad religiosa es rídiculo. La libertad, sea religiosa o atea, no es un pasaporte que vale sin más
Por mi parte, y como militante en el laicismo, me parece que convendría tener presentes unas determinadas consideraciones y atenerse a ellas. Por ejemplo, el debate habría que encuadrarlo en su matriz.Y esta no es otra sino la necesaria conciliación de hacer lo que a uno le dé la gana con los límites que impone vivir en sociedad. En este sentido, el burka o cualquier otra cosa semejante parece que vulnera el respeto que merecen todas las personas y concretamente la mujer. Decir que se trata de libertad religiosa es ridículo. La libertad, sea religiosa o atea, no es un pasaporte que vale sin más. Bien lo sabemos los que defendemos sin fisuras el laicismo.
Por otro lado, aunque sea discutible cómo regularlo o se apele a una libertad absoluta, no estaría de más ayudar a las mujeres a quitarse de encima ese lastre machista. Que se limite en los espacios públicos es de elemental educación. También decimos que, a pesar de que uno o una puede vestir como le de la gana, el pudor y la educación hacen intolerable ir desnudos por la calle. Los límites, en suma, para saber que se transgrede en los espacios públicos los debería poner el sentido común y una elemental ética. Y no si se es de derechas o de izquierdas. O si da o quita votos.
Añado que pienso que el burka en concreto está de sobra. Pero no por eso soy islamófobo, en el caso que se use la palabra con más ignorancia que acierto. De la misma manera que estoy en contra de las procesiones y no por eso soy cristianófobo. Cada uno que haga lo que quiera, pero que sin excentricidades públicas. Sería bueno que no se moleste desde el más allá a los del más acá. Pero eso es entrar en Teología. Y, en consecuencia, saber más de Historia de las Religiones.
En mi infancia, las mujeres debían ponerse un velo o pañuelo en la cabeza para entrar en la iglesia. Si no lo tenían, se cubrían con lo que encontraban a mano. Recuerdo cómo una vecina le solía pedir prestado a mi madre el necesario velo para cumplir con el requisito eclesiástico. Los hombres y las mujeres se situaban separados dentro del recinto sagrado.
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