La ‘Volksgemeinschaft’ de Vox reclama una misógina sociedad xenófoba e intolerante con las diferencias
La denominada ‘machosfera’ va creciendo exponencialmente y los ideales libertarios ceden terreno frente al miedo a lo diverso.
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El éxito de Vox, que va creciendo como la espuma en cada nueva contienda electoral, está garantizado por una experiencia histórica bien contrastada, pues nos hace recordar el imparable avance del partido nacionalsocialista de Alemania hace ya un siglo. Defienden lo que viene a expresar la lengua germana en una sola palabra: ‘Volksgemeinschaft’, pero resulta muy difícil de traducir a otras lenguas. Es algo así como el espíritu nacional del franquismo, solo que ahora la conspiración judeomasónica es el peligro de una teoría del reemplazo. Los inmigrantes acabarán sustituyendo a la población española, cuya cultura, credos y costumbres quedarán aniquilados por una barbarie corrosiva.
Se invoca un sentimiento de comunidad cultural, cuyo rancio abolengo reclama las esencias del nacionalcatolicismo y el culto a un caudillo indiscutible que imponga orden por encima de las luchas partidistas. Hay que salvar a la nación española de sus múltiples enemigos. Los de fuera sin duda lo son, pero también hay algunos dentro. En realidad, todos cuantos no comulguen con su intransigente forma de ver las cosas. Eso que Trump ha dado en llamar ‘woke’, una curiosa expresión que para mí tiene tintes culinarios asiáticos. Lo cierto es que viene de ‘wake’ o ‘despertar’, y alude a cobrar conciencia de las desigualdades e injusticias que lastran la sociedad.
Bajo esta óptica se disuelven las diferencias entre clase obrera y empresarial, porque solo cuentan las diferencias entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. A decir verdad, serían más bien ‘ellas’, porque se reivindica la supremacía masculina sobre unas mujeres empoderadas por el feminismo que se creen con derechos homologables a los del varón, para entrar en la esfera pública trascendiendo las fronteras del ámbito doméstico. El voto mayoritario de Vox es eminentemente masculino e igualmente juvenil. Quienes no han vivido en primera persona las épocas añoradas por estos cantos de sirena compran con mucha facilidad ese discurso teñido por el odio a lo diferente.
Su líder es la voz del pueblo genuino y su misoginia quiere doblegar nuevamente a las mujeres, para que se limiten a cumplir con las tareas del hogar y tener una prole que nutra las propias filas. Los ‘incel’ o célibes involuntarios odian a las mujeres por no hacerles caso ni ceder a sus deseos, cuando para eso están. La denominada ‘machosfera’ va creciendo exponencialmente y los ideales libertarios ceden terreno frente al miedo a lo diverso. El malestar social de una sociedad precarizada que no permite hacer planes a largo plazo hace tentador abrazar soluciones mágicas e irresponsables.
Las fuerzas políticas no unen sus esfuerzos frente a esta grave amenaza contra la democracia, sino que practican un mutuo aniquilamiento
Como ya sucedió en el pasado, las fuerzas políticas no unen sus esfuerzos frente a esta grave amenaza contra la democracia, sino que practican un mutuo aniquilamiento. Lejos de consensuar propuestas para solucionar los problemas político-sociales, emplean su tiempo en culpabilizar al contrario de todos los males habidos y por haber. En lugar de luchar contra la corrupción y contribuir a encontrar soluciones viables, no dejan de arrojarse los trastos a la cabeza, dando un espectáculo lamentable que da lugar a una irremontable desafección política por parte de la ciudadanía.
Escribo estas líneas al conocer los resultados de las elecciones aragonesas, en las que Vox ha duplicado sus escaños, mientras retroceden significativamente los partidos mayoritarios. Esta contienda electoral me ha pillado con un libro entre las manos, cuya lectura ha inspirado esta reflexión. Su título es En la mente nazi. Conviene leer este tipo de temáticas en los tiempos que corren y comprobar que no hay nada nuevo bajo el sol, por mucho que cambien las caretas de los personajes.
El éxito de Vox, que va creciendo como la espuma en cada nueva contienda electoral, está garantizado por una experiencia histórica bien contrastada, pues nos hace recordar el imparable avance del partido nacionalsocialista de Alemania hace ya un siglo. Defienden lo que viene a expresar la lengua germana en una sola palabra: ‘Volksgemeinschaft’, pero resulta muy difícil de traducir a otras lenguas. Es algo así como el espíritu nacional del franquismo, solo que ahora la conspiración judeomasónica es el peligro de una teoría del reemplazo. Los inmigrantes acabarán sustituyendo a la población española, cuya cultura, credos y costumbres quedarán aniquilados por una barbarie corrosiva.
Se invoca un sentimiento de comunidad cultural, cuyo rancio abolengo reclama las esencias del nacionalcatolicismo y el culto a un caudillo indiscutible que imponga orden por encima de las luchas partidistas. Hay que salvar a la nación española de sus múltiples enemigos. Los de fuera sin duda lo son, pero también hay algunos dentro. En realidad, todos cuantos no comulguen con su intransigente forma de ver las cosas. Eso que Trump ha dado en llamar ‘woke’, una curiosa expresión que para mí tiene tintes culinarios asiáticos. Lo cierto es que viene de ‘wake’ o ‘despertar’, y alude a cobrar conciencia de las desigualdades e injusticias que lastran la sociedad.
Bajo esta óptica se disuelven las diferencias entre clase obrera y empresarial, porque solo cuentan las diferencias entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. A decir verdad, serían más bien ‘ellas’, porque se reivindica la supremacía masculina sobre unas mujeres empoderadas por el feminismo que se creen con derechos homologables a los del varón, para entrar en la esfera pública trascendiendo las fronteras del ámbito doméstico. El voto mayoritario de Vox es eminentemente masculino e igualmente juvenil. Quienes no han vivido en primera persona las épocas añoradas por estos cantos de sirena compran con mucha facilidad ese discurso teñido por el odio a lo diferente.
Su líder es la voz del pueblo genuino y su misoginia quiere doblegar nuevamente a las mujeres, para que se limiten a cumplir con las tareas del hogar y tener una prole que nutra las propias filas. Los ‘incel’ o célibes involuntarios odian a las mujeres por no hacerles caso ni ceder a sus deseos, cuando para eso están. La denominada ‘machosfera’ va creciendo exponencialmente y los ideales libertarios ceden terreno frente al miedo a lo diverso. El malestar social de una sociedad precarizada que no permite hacer planes a largo plazo hace tentador abrazar soluciones mágicas e irresponsables.
Las fuerzas políticas no unen sus esfuerzos frente a esta grave amenaza contra la democracia, sino que practican un mutuo aniquilamiento
Como ya sucedió en el pasado, las fuerzas políticas no unen sus esfuerzos frente a esta grave amenaza contra la democracia, sino que practican un mutuo aniquilamiento. Lejos de consensuar propuestas para solucionar los problemas político-sociales, emplean su tiempo en culpabilizar al contrario de todos los males habidos y por haber. En lugar de luchar contra la corrupción y contribuir a encontrar soluciones viables, no dejan de arrojarse los trastos a la cabeza, dando un espectáculo lamentable que da lugar a una irremontable desafección política por parte de la ciudadanía.
Escribo estas líneas al conocer los resultados de las elecciones aragonesas, en las que Vox ha duplicado sus escaños, mientras retroceden significativamente los partidos mayoritarios. Esta contienda electoral me ha pillado con un libro entre las manos, cuya lectura ha inspirado esta reflexión. Su título es En la mente nazi. Conviene leer este tipo de temáticas en los tiempos que corren y comprobar que no hay nada nuevo bajo el sol, por mucho que cambien las caretas de los personajes.













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