
El informe dedica una de sus páginas al odio hacia la izquierda política en España. / 40dB
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Los resultados de la encuesta muestran que el odio es un fenómeno profundamente arraigado en la sociedad española. La mitad de la población reconoce sentir odio hacia alguno de los 70 colectivos analizados, una cifra muy elevada si se tiene en cuenta que se trata de una emoción intensa y extrema. Este dato confirma que el odio no es un fenómeno marginal ni residual, sino un elemento con un peso significativo en el clima social actual.
El odio que se expresa en España es, fundamentalmente, identitario. No se dirige tanto hacia la vulnerabilidad —que suele generar rechazo o desprecio— como hacia aquello que moviliza identidades, concentra poder o genera polarización. En este sentido, se identifican dos grandes macroodios: el odio a la derecha y el odio a la izquierda, que reflejan de forma clara el alto grado de polarización política y social que atraviesa el país. Junto a ellos aparecen varios microodios que, aunque afectan a colectivos concretos, pueden tener consecuencias muy graves en forma de discriminación y exclusión social. Entre estos destacan el odio hacia el colectivo LGTBIQ+, el vinculado al origen racial o étnico y el dirigido a los poderes e instituciones consideradas influyentes.
La encuesta también analiza los entornos en los que se manifiesta el odio. Las redes sociales destacan, con mucha diferencia, como el principal espacio de expresión de los discursos de odio. Aunque este resultado no resulta sorprendente, sí es relevante que esta percepción sea compartida tanto por adultos como por menores. Tras las redes sociales, los siguientes entornos señalados son los grupos de mensajería privada y los medios de comunicación. Además, el estudio pone de relieve que los discursos de odio no se limitan al ámbito digital: también están presentes en espacios laborales, algo que afecta especialmente a la población adulta.
El estudio pone de relieve que los discursos de odio no se limitan al ámbito digital
La preocupación aumenta al analizar no solo la percepción general, sino la exposición directa al odio. Los datos muestran cifras especialmente alarmantes entre los menores: siete de cada diez afirman haber presenciado discursos de odio en redes sociales, frente al 60 % de los adultos. No obstante, incluso en los entornos donde el odio aparece con menor frecuencia, los porcentajes siguen siendo elevados. Que el 30 % de los menores observe discursos de odio en los centros educativos resulta especialmente grave, al tratarse de espacios que deberían garantizar protección, convivencia y aprendizaje en valores. De igual modo, que el 30 % de las personas adultas detecte odio en el ámbito familiar evidencia hasta qué punto este fenómeno ha penetrado en la vida cotidiana.
El estudio también permite identificar a los principales beneficiarios de los discursos de odio. Estos no son los colectivos que los sufren, sino aquellos actores que los utilizan como herramienta de movilización y control social. Líderes y movimientos políticos que basan su estrategia en la confrontación, la polarización y la creación de enemigos –así como quienes buscan conservar o reforzar su poder– se benefician directamente de la expansión del odio, tanto en el ámbito nacional como internacional.
En conjunto, las conclusiones de este primer acercamiento confirman que el odio constituye un problema estructural de gran alcance, con profundas implicaciones sociales y democráticas. Su concentración en las redes sociales, especialmente entre los menores, y su capacidad para generar discriminación y fractura social subrayan la urgencia de intervenir. Este estudio sienta una base sólida para seguir investigando el fenómeno y para que la fundación pueda desarrollar estrategias de prevención del odio y de construcción de una sociedad más cohesionada, inclusiva y libre de polarización extrema.

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