Los casos no caen sueltos. Se acumulan. Se pisan unos a otros. Y a veces acaban componiendo una fotografía demasiado nítida. Kitchen vuelve a señalar a la cúpula del PP trece años después. El informe de la UCO sobre el novio de Ayuso sigue sin llegar. Montoro continúa atrapado en una instrucción interminable. Peinado procesa a Begoña Gómez en pleno tiempo político. Y el fiscal general recurre al Constitucional una condena que la propia Fiscalía considera lesiva para derechos básicos. La imagen de conjunto tiene nombre.

No hace falta sostener que exista una conspiración cerrada, centralizada y perfecta para apreciar el dibujo. Basta con mirar el reloj. Basta con seguir la dirección del foco. Basta con comparar qué causas irrumpen con velocidad, qué otras se atascan durante años y cuáles llegan al juicio ya recortadas, enfriadas o políticamente amortiguadas. A un año de las próximas elecciones generales, esa secuencia vuelve a dejar una sensación conocida en la izquierda: la maquinaria judicial y parajudicial no castiga igual, no corre igual y tampoco desgasta igual. Esa desigualdad es precisamente lo que convierte el lawfare en algo más eficaz que una simple causa judicial discutible. Lo convierte en clima, en narrativa, en ventaja política acumulada.

Kitchen es el mejor espejo de ese doble rasero. El principal investigador de Asuntos Internos declaró esta semana en la Audiencia Nacional que la operación parapolicial para espiar a Luis Bárcenas fue coordinada “en el ministerio” y volvió a apuntar a las cúpulas de Interior y de la Policía durante el Gobierno de Mariano Rajoy. En su testimonio reaparecieron además los alias de “El Asturiano” y “El Barbas” como referencias al expresidente del Gobierno. No es una anécdota de sumario. Es una señal de hasta qué punto, trece años después, el juicio sigue proyectando sombras muy directas sobre la dirección política del PP.

Trece años después, Kitchen sigue apuntando arriba

Lo más llamativo de Kitchen no es solo lo que aflora ahora. Es cuándo aflora. La operación se remonta a 2013. El juicio arranca en 2026. Trece años. Trece años para sentar en el banquillo a la trama que usó fondos reservados, captó al chófer de Bárcenas y trató de neutralizar material comprometedor para el PP en plena onda expansiva de Gürtel. Y aun así, la causa llega al juicio con límites muy visibles, con parte de la dimensión política amortiguada y con materiales fuera del foco principal. El paso del tiempo no es neutro. También reescribe la potencia pública de los hechos.

Ese contraste se vuelve especialmente áspero cuando se mira al otro lado del tablero. El juez Juan Carlos Peinado ha propuesto sentar a Begoña Gómez en el banquillo por cuatro delitos tras una instrucción nacida de una denuncia de Manos Limpias y marcada desde el principio por una enorme controversia jurídica y política. La causa ha sido corregida en distintos momentos, la Fiscalía ha pedido su archivo y la defensa ha denunciado reiteradamente la falta de base penal. Aun así, el procedimiento ha seguido avanzando hasta convertirse en una pieza de enorme desgaste para el entorno del presidente del Gobierno. La diferencia no está solo en el fondo. Está en el ritmo y en el momento.

No es una cuestión menor. Cuando una causa que afecta al entorno de Moncloa avanza con ese grado de exposición, mientras otras que cercan al PP tardan más de una década en llegar a juicio, la discusión deja de ser puramente jurídica. Entra de lleno en el terreno político. Y ahí el lawfare se vuelve mucho más reconocible: no tanto como fabricación total de hechos, sino como administración desigual de tiempos, prioridades y daños.