lunes, 27 de abril de 2026

La conversación docente

 

Buenas tardes:

Una de las cosas que más pavor me producen aún a día de hoy es recibir un balonazo. Teniendo en cuenta que, excepto en la playa o en clase de pilates, hace años que no veo de cerca una pelota de ningún tipo, imagino que el trauma viene de mi infancia y del riesgo que corríamos los niños y niñas que jugábamos en el patio del colegio en los márgenes del campo de fútbol.

Mi colegio era público y se había construido en los años 70, en un barrio residencial de las afueras de Madrid, pero en aquellos años a nadie se le ocurrió reservar espacio en los planos para algún árbol o para que además de campo de fútbol (y de baloncesto en la parte "de los mayores") hubiera sitio para otros juegos. El patio era un espacio cuadrado de cemento, con muros de ladrillo y ninguna concesión estética. Las dos canchas de baloncesto y las porterías de fútbol, además de los barrotes de las ventanas bajas, eran los únicos lugares disponibles para dar rienda suelta a nuestra natural necesidad de colgarnos y ponernos cabeza abajo o hacer volteretas.

¿Y qué más da todo esto?, se preguntarán. Lo verdaderamente importante es lo que aprendíamos en las aulas, ¿no? Pues no, no del todo. ¿A que no sabían que el tiempo de recreo se considera en muchas comunidades autónomas de España "tiempo lectivo"? Es decir, tiempo de aprendizaje también. Y como explica Sylvie Pérez Lima, psicopedagoga e investigadora en la Universitat Oberta de Catalunyano es un aprendizaje en absoluto secundario. En el patio, durante el "recreo", se aprenden muchísimas cosas y, lo que es más importante, se podrían aprender muchas más. Para ello hay que entender el papel de los docentes de una manera más activa y deliberada: los escolares deben tener espacio para la espontaneidad y el juego libre, pero los adultos deben facilitar, organizar y gestionar este juego no tanto para evitar conflictos o conductas disruptivas sino para aprovecharlas pedagógicamente. 

De ahí la necesidad de que el espacio sea interesante, no solo agradable. Las expertas Cristina Varela Casal, María Begoña Paz García y África Martínez Barreiro, de la Universidade de Vigo, proponen varias maneras de transformar el patio en un lugar más acogedor

No se trata solo de grandes proyectos: un mural colectivo, un huerto modesto, diferenciar áreas por colores, reservar espacios para momentos más pausados, que inviten a sentarse y conversar... cada escuela tiene posibilidades distintas, y sus alumnos son quienes mejor saben lo que se puede hacer y lo que echan en falta

Cuando esta transformación se hace de manera colaborativa, teniendo en cuenta a estudiantes y docentes, y se presta además a la expresión plástica, la experiencia tiene otra ventaja: crea comunidad. Los estudiantes se sienten más unidos a su colegio, lo sienten más propio. Esto ayuda a reducir el acoso escolar y el absentismoPorque no hay nada más motivador que sentir que uno no va al cole porque no le queda otra, sino porque es su lugar, y tiene un sitio en él. 

Esta quincena hemos hablado de inteligencia artificial y esfuerzo cognitivo (y de cómo preservarlo), de la participación de las familias en las escuelas, de cómo afecta el móvil al rendimiento académico y cómo se puede gestionar en el aula sin prohibirlo, de cómo transformar la orientación académica en plena era de IA y de cuándo merece más la pena ir a clases extraescolares de inglés

En nuestra sección para el aula: un recorrido por las décadas de guerra entre Irán y EEUU, por qué los mamíferos no pueden regenerar partes de su cuerpo como otros animales, leer como pasatiempo y bolsas de patatas medio vacías.

Feliz semana,

Eva Catalán
Editora de Educación

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