domingo, 19 de abril de 2026

La antepenúltima extravagancia de un Juez: equiparar a Fernando VII con Pedro Sánchez

 

La antepenúltima extravagancia de un Juez: equiparar a Fernando VII con Pedro Sánchez

De Pedro Sánchez no quiero hablar, ya creo lo conocemos los españoles, lo que ya no tengo tan claro es si la mayoría de mis compatriotas conocen las fechorías del ínclito Fernando VII.

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El Juez Peinado finaliza la fase de Instrucción del caso de Begoña Gómez con un auto de procesamiento en el que se han hallado frases que, más que enfocarse en el ámbito jurídico, han estado cargadas de contenido político, afirmando que en el Gobierno de Sánchez ha habido conductas propias de regímenes absolutistas y cita como ejemplo lo que sucedía en el reinado de Fernando VII. La capacidad de sorpresa ante la actuación jurídica de este juez es inmensa, pero siempre nos sorprende. Ese paralelismo entre las prácticas del reinado de Fernando VII con las del gobierno de Pedro Sánchez demuestra una parcialidad absoluta o un desconocimiento total de nuestra historia. Me inclino por la primera opción, porque de un juez cabe esperar que tenga unos mínimos conocimientos históricos. De Pedro Sánchez no quiero hablar, ya creo lo conocemos los españoles, lo que ya no tengo tan claro es si la mayoría de mis compatriotas conocen las fechorías del ínclito Fernando VII. Confío tras mostrar algunas actuaciones sobre este personaje real, que todo ciudadano dotado de un mínimo sentido común, podrá captar la extravagancia del juez Peinado al comparar a Fernando VII con Pedro Sánchez.

Fernando VII fue el rey Borbón sin ningún tipo de dudas el más taimado, el más cruel y el más dañino. Quiero referirme algunas actuaciones suyas extraídas del libro de Josep Fontana, Crisis del Antiguo Régimen 1808-1833 (Guías de Historia Contemporánea de España) Editorial Crítica, 1979. Es un libro de una claridad meridiana y que explica uno de los momentos claves de nuestra Historia Contemporánea, que quienes nos licenciamos en Historia, lo pudimos leer, disfrutar. Y que nos abrió nuevas perspectivas para entender nuestra historia.

En tiempos de la Guerra de la Independencia, mientras los españoles estaban luchando a muerte con el ejército francés invasor, la actuación de Fernando VII fue vergonzosa. El 2 de abril de 1808 publicó un decreto condenando la malignidad de quienes pretendían crear malestar a los franceses. Esto es delito de “alta traición”. Tras la marcha de toda la familia real a Francia siguiendo los designios de Napoleón, las escenas que tuvieron lugar en Bayona fueron de una abyecta bajeza, cediendo tanto Carlos IV y Fernando VII todos sus derechos el emperador francés. Luego Fernando, su hermano Carlos y su tío Antonio marcharon a su cautiverio de Valençay, donde mostraron las más repulsivas pruebas de su vileza moral. Fernando felicitaría a Napoleón por sus victorias militares sobre los españoles. Más tarde le escribiría: “Mi gran deseo es ser hijo adoptivo de S.M. el emperador, nuestro augusto soberano. Yo me creo digno de esta adopción, que sería, verdaderamente la felicidad de mi vida, dado mi amor a la sagrada persona de S.M.I. y R”. El mismo Napoleón se sorprendió de tal servilismo. Como dice Josep Fontana: “No merece la pena dedicar más tiempo a estos personajillos y a sus miserias, la historia de España discurría en estos momentos muy lejos de los salones de Valençay, donde Fernando y su tío Antonio entretenían sus ocios en labores de aguja y bordado”.

Vaya que si discurría la historia de España muy lejos de esos salones de Valençay. Una historia profundamente dramática. El pueblo español luchando contra un ejército invasor, en una guerra cruel, que nos ha documentado Francisco de Goya en sus lienzos El dos de Mayo (o asalto a los mamelucos en la Puerta del Sol) y tres de mayo de 1808: Los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío. Y en la serie de grabados los Desastres de la Guerra

Como botón de muestra de esta guerra cruel haré una breve referencia a la ciudad de Zaragoza, donde se sufría el segundo Sitio por parte del ejército napoleónico, entre el 20 de diciembre de 1808 y 20 de febrero de 1809. Según el libro de Daniel Aquillué 'Guerra y Cuchillo. Los Sitios de Zaragoza 1808-1809': «Vino la derrota, con una ciudad sobre la que cayeron más de 32.000 bombas, con todas sus edificaciones convertidas en escombros y con dos de cada tres "paisanos» muertos en la batalla, más de 60.000 defensores fallecidos. Los franceses minaron una a una las manzanas de la ciudad, algo que hacían público en la prensa y que provocaba la estupefacción de los lectores franceses. Qué clase de guerra era esa en la que había que hacer saltar por los aires manzanas enteras de casas de gente corriente. Los barrios de Santa Engracia y la Magdalena sufrieron esto especialmente, quedando devastados en escenas verdaderamente desoladoras».             

He comentado antes que Fernando VII felicitaba a Napoleón por cada una de sus victorias sobre los españoles. ¿Fernando VII El Deseado felicitó también por tantas muertes de zaragozanos? Cabe pensar que estos desconocían el comportamiento de su Rey, por el recibimiento triunfal que se le hizo en Zaragoza, según cuenta la historiadora María del Carmen Abad Gimeno en su artículo La entrada de Fernando VII en Zaragoza' «El día 6 de abril de 1814, miércoles Santo, a las tres de la tarde entró en Zaragoza S. M. el Rey Fernando VII; en un carruaje descubierto, en compañía de su hermano D. Carlos y de los generales duque de San Carlos y D. José de Palafox… El carruaje del Rey era «tirado por cincuenta paisanos, vecinos de esta Ciudad, elegidos entre sus heroicos defensores; veinticuatro doncellas hijas de algunos ciudadanos de los muchos que se distinguieron en los dos célebres sitios, tiraban otras tantas cintas pendientes del mismo carruaje: todo esto precedido de parejas, danzas pastoriles y otros obsequios».

Al grito de ¡Vivan las caenas! ¡Muera la nación!, algunos madrileños recibieron también a Fernando VII. En la calle Toledo, un grupo desenganchó los caballos de su carruaje para engancharse ellos mismos. El cambiante pueblo español, siempre tan presto a desperdiciar con prisa lo conquistado, lo difícilmente conquistado, se aprestó sin empacho a cambiar el «Viva la Pepa» por el «Viva las caenas». Hecho repetido en ocasiones posteriores.

Una vez llegó a España Fernando VII por el que habían luchado y muerto los españoles, no en vano fue llamado “El Deseado”, el 4 de marzo de 1814 impuso el famoso decreto.

“Vengo (…) en declarar aquella Constitución de 1812 y los decretos de las Cortes de Cádiz nulos y de ningún valor y efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubieran pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio de los tiempos, y sin obligación en mis pueblos y mis súbditos a cumplirlos ni guardarlos”. Es un auténtico golpe de Estado. No sería el último en nuestra Historia.

Como señaló el catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza Manuel Ramírez en su libro España en sus ocasiones perdidas y la Democracia mejorable: “Es difícil encontrar en nuestra historia una expresión tan rotunda de negar el pasado: Como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo”. Es querer negar, no ya manipular. Es borrar la historia que no conviene. Tal pretensión, es claro, olvida que todo cuanto ocurre, por pequeño que sea, deja señal en el largo libro de la historia. Mas lo inevitable es que todo acontecimiento histórico deja un poso que puede reaparecer en el presente. Pero, lo que pretende ese decreto de Fernando VII es evitar que reaparezca. Es mucho más que olvidar; es negar su existencia. Como que no ha ocurrido nunca. Pero es una utopía tal pretensión, porque tras la represión y exilio de los españoles entre 1814-1820 se produjo el levantamiento de Riego en 1820, que restableció la Constitución de Cádiz, obligado por las circunstancias el bellaco Fernando dijo “marchemos todos y yo el primero por la senda constitucional”, cuando a la vez estaba instando a los monarcas europeos a que le restablecieran como monarca absoluto, objetivo que alcanzó con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823. Nueva represión y exilio. Triste, lamentable y cruel fue todo el reinado de Fernando VII, mas como si no se sintiera satisfecho por tanto daño hecho en vida a tantos españoles, por su ineptitud nos dejó a su muerte planteada una guerra fratricida. Pero esto es otra historia. 

Creo que por lo descrito anteriormente está más que demostrada la lamentable y perversa actuación política de Fernando VII, mas para añadir algunas pinceladas sobre este personaje me parece pertinente recurrir a la pluma de Benito Pérez Galdós, en concreto a su novela La Fontana de Oro (1870). Está ambientada en el Madrid del Trienio Liberal (1820-1823). Retrata el Madrid de las tertulias en los cafés, a través de la descripción del café situado en la carrera de San Jerónimo, La Fontana de Oro, y las reuniones que los conspiradores liberales celebrarán allí contra el absolutismo. Nos sumerge en las calles de Madrid, en las manifestaciones, en los fusilamientos y ejecuciones, en un periodo convulso en el que tiene lugar la historia de amor entre Lázaro, un joven liberal y Clara, la protegida de Elías Coletilla, un viejo absolutista. Es una descripción impresionante de Fernando VII, que aparece en el capítulo XLI de la novela, titulado Fernando el Deseado. Es para disfrutar.

“La luz de una lujosa lámpara le iluminaba completamente el rostro, aquel rostro execrable que, para mayor desventura nuestra, reprodujeron infinidad de artistas, desde Goya hasta Madrazo. Es terrible la infinita abundancia de retratos de aquella cara repulsiva que nos legó su reinado. España está infestada de efigies de Fernando VII, ya en estampa, ya en lienzo. Esa cara no se parece a la de tirano alguno, como Fernando no se parece a ningún tirano. Es la suya la más antipática de las fisonomías, así como es su carácter el más vil que ha podido caber en un ser humano. Estupenda nariz, que sin ser deforme como la del conde-duque de Olivares, ni larga como la de Cicerón, ni gruesa como la de Quevedo, ni tosca como la de Luis XI, era más fea que todas estas, formaba el más importante rasgo de su rostro, bastante lleno, abultado en la parte inferior, y colocado en un cuerpo de buenas proporciones. La vanidad austriaca no puesto su boca prominente debajo de la nariz borbónica, símbolo de doblez, con más acierto y simetría que como estaba en la cara de Fernando VII. Dos patillas muy negras y pequeñas le adornaban los carrillos, y sus pelos erizados a un lado y otro parecían puestos allí para darle la apariencia de un tigre en caso de que su carácter cobarde le permitiera dejar de ser chacal. Eran sus ojos grandes y muy negros, adornados con pobladísimas cejas que los sombreaban, dándoles una apariencia por demás siniestra y hosca.

Respecto a su carácter, ¿qué diremos? Este hombre nos hirió demasiado, nos abofeteó demasiado para que podamos olvidarle. Fernando VII fue el monstruo más execrable que ha abortado el derecho divino. Como hombre, reunía todo lo malo que cabe en nuestra naturaleza; como Rey, resumió en sí cuanto de flaco y torpe pueda caber en la potestad real. La revolución de 1812, primera convulsión de esta lucha de cincuenta años, que aún dura y tal vez durará mucho más, trató de abatir la tiranía de aquel demonio, y en sus dos tentativas no lo consiguió. La Revolución hubiera abatido a Nerón, a Felipe II, y no abatió a Fernando VII. Es porque este hombre no luchó nunca frente a frente con sus enemigos, ni les dio campo. No fue nuestro tirano descarado y descubiertamente abominable; fue un histrión que hubiera sido ridículo a no tratarse del engaño de un pueblo. Nos engañó desde niño, cuando fraguando una conspiración contra un favorito aborrecido, muy superior a Fernando por su inteligencia, adquirió una popularidad que pronto pagó España con la sangre de sus mejores hijos. Fernando fue mal hijo: conspiró contra su padre Carlos IV, cuya imbecilidad no disminuía el valor de su benevolencia; conspiró contra el Trono que debía heredar más tarde, y aun amenazó la vida del que le dio el ser. Después se arrastró a los pies de Napoleón como un pordiosero, mientras España entera sostenía por él una lucha que asombró al mundo. Al volver del destierro, pagó los esfuerzos de los que él llamaba sus vasallos, con la más fría ingratitud, con la más necia arrogancia, con la anulación de todos los derechos proclamados por los constituyentes de Cádiz, con el destierro o la muerte de los españoles más esclarecidos; encendió de nuevo las hogueras de la Inquisición; se rodeó de hombres soeces, despreciables e ignorantes, que influían en los destinos públicos, como hubiera podido influir Aranda en las decisiones de Carlos III; persiguió la virtud, el saber, el valor; dio abrigo a la necedad, a la doblez, a la cobardía, las tres fases de su carácter. Restablecido a pesar suyo el sistema constitucional, tascó el freno, disimuló como él sabía disimular, guardando el veneno de su rabia devorando su propio despecho, encubriendo sus intentos con palabras que nunca pronunció antes sin risa o encono. Lo que es capaz de tramar un ser de estos, tan hipócritas como cobardes, se comprende por lo que tramó Fernando en aquellos tres años desde las mil facciones y complots realistas, alimentados por él, hasta el complot final de los cien mil hijos de San Luis, que Francia mandó al Trocadero. Así recobró lo que en su jerga real llamaba él sus derechos, inaugurando los diez años de fusilamientos y persecuciones en que la figura de Tadeo Calomarde apareció al lado de Fernando, como Caifás al lado de Pilatos. El pacto sangriento de estos dos monstruos terminó en 1823, en que Dios arrancó de la tierra el alma del Rey, y entregó su cuerpo a los sótanos del Escorial, donde aún creemos que no ha acabado de pudrirse.

Pero con este fin no acabaron nuestras desdichas. Fernando VII nos dejó una herencia peor que él mismo, si es posible: nos dejó a su hermano y a su hija, que encendieron espantosa guerra. Aquel Rey que había engañado a su padre, a sus maestros, a sus amigos, a sus ministros, a sus partidarios, a sus enemigos, a sus cuatro esposas, a sus hermanos, a su pueblo, a sus aliados, a todo el mundo, engañó también a la misma muerte, que creyó hacernos felices librándonos de semejante diablo. El rasgo de miseria y escándalo no ha terminado aún entre nosotros…"

 Peinado finaliza la fase de Instrucción del caso de Begoña Gómez con un auto de procesamiento en el que se han hallado frases que, más que enfocarse en el ámbito jurídico, han estado cargadas de contenido político, afirmando que en el Gobierno de Sánchez ha habido conductas propias de regímenes absolutistas y cita como ejemplo lo que sucedía en el reinado de Fernando VII. La capacidad de sorpresa ante la actuación jurídica de este juez es inmensa, pero siempre nos sorprende. Ese paralelismo entre las prácticas del reinado de Fernando VII con las del gobierno de Pedro Sánchez demuestra una parcialidad absoluta o un desconocimiento total de nuestra historia. Me inclino por la primera opción, porque de un juez cabe esperar que tenga unos mínimos conocimientos históricos. De Pedro Sánchez no quiero hablar, ya creo lo conocemos los españoles, lo que ya no tengo tan claro es si la mayoría de mis compatriotas conocen las fechorías del ínclito Fernando VII. Confío tras mostrar algunas actuaciones sobre este personaje real, que todo ciudadano dotado de un mínimo sentido común, podrá captar la extravagancia del juez Peinado al comparar a Fernando VII con Pedro Sánchez.

Fernando VII fue el rey Borbón sin ningún tipo de dudas el más taimado, el más cruel y el más dañino. Quiero referirme algunas actuaciones suyas extraídas del libro de Josep Fontana, Crisis del Antiguo Régimen 1808-1833 (Guías de Historia Contemporánea de España) Editorial Crítica, 1979. Es un libro de una claridad meridiana y que explica uno de los momentos claves de nuestra Historia Contemporánea, que quienes nos licenciamos en Historia, lo pudimos leer, disfrutar. Y que nos abrió nuevas perspectivas para entender nuestra historia.

En tiempos de la Guerra de la Independencia, mientras los españoles estaban luchando a muerte con el ejército francés invasor, la actuación de Fernando VII fue vergonzosa. El 2 de abril de 1808 publicó un decreto condenando la malignidad de quienes pretendían crear malestar a los franceses. Esto es delito de “alta traición”. Tras la marcha de toda la familia real a Francia siguiendo los designios de Napoleón, las escenas que tuvieron lugar en Bayona fueron de una abyecta bajeza, cediendo tanto Carlos IV y Fernando VII todos sus derechos el emperador francés. Luego Fernando, su hermano Carlos y su tío Antonio marcharon a su cautiverio de Valençay, donde mostraron las más repulsivas pruebas de su vileza moral. Fernando felicitaría a Napoleón por sus victorias militares sobre los españoles. Más tarde le escribiría: “Mi gran deseo es ser hijo adoptivo de S.M. el emperador, nuestro augusto soberano. Yo me creo digno de esta adopción, que sería, verdaderamente la felicidad de mi vida, dado mi amor a la sagrada persona de S.M.I. y R”. El mismo Napoleón se sorprendió de tal servilismo. Como dice Josep Fontana: “No merece la pena dedicar más tiempo a estos personajillos y a sus miserias, la historia de España discurría en estos momentos muy lejos de los salones de Valençay, donde Fernando y su tío Antonio entretenían sus ocios en labores de aguja y bordado”.

Vaya que si discurría la historia de España muy lejos de esos salones de Valençay. Una historia profundamente dramática. El pueblo español luchando contra un ejército invasor, en una guerra cruel, que nos ha documentado Francisco de Goya en sus lienzos El dos de Mayo (o asalto a los mamelucos en la Puerta del Sol) y tres de mayo de 1808: Los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío. Y en la serie de grabados los Desastres de la Guerra

Como botón de muestra de esta guerra cruel haré una breve referencia a la ciudad de Zaragoza, donde se sufría el segundo Sitio por parte del ejército napoleónico, entre el 20 de diciembre de 1808 y 20 de febrero de 1809. Según el libro de Daniel Aquillué 'Guerra y Cuchillo. Los Sitios de Zaragoza 1808-1809': «Vino la derrota, con una ciudad sobre la que cayeron más de 32.000 bombas, con todas sus edificaciones convertidas en escombros y con dos de cada tres "paisanos» muertos en la batalla, más de 60.000 defensores fallecidos. Los franceses minaron una a una las manzanas de la ciudad, algo que hacían público en la prensa y que provocaba la estupefacción de los lectores franceses. Qué clase de guerra era esa en la que había que hacer saltar por los aires manzanas enteras de casas de gente corriente. Los barrios de Santa Engracia y la Magdalena sufrieron esto especialmente, quedando devastados en escenas verdaderamente desoladoras».             

He comentado antes que Fernando VII felicitaba a Napoleón por cada una de sus victorias sobre los españoles. ¿Fernando VII El Deseado felicitó también por tantas muertes de zaragozanos? Cabe pensar que estos desconocían el comportamiento de su Rey, por el recibimiento triunfal que se le hizo en Zaragoza, según cuenta la historiadora María del Carmen Abad Gimeno en su artículo La entrada de Fernando VII en Zaragoza' «El día 6 de abril de 1814, miércoles Santo, a las tres de la tarde entró en Zaragoza S. M. el Rey Fernando VII; en un carruaje descubierto, en compañía de su hermano D. Carlos y de los generales duque de San Carlos y D. José de Palafox… El carruaje del Rey era «tirado por cincuenta paisanos, vecinos de esta Ciudad, elegidos entre sus heroicos defensores; veinticuatro doncellas hijas de algunos ciudadanos de los muchos que se distinguieron en los dos célebres sitios, tiraban otras tantas cintas pendientes del mismo carruaje: todo esto precedido de parejas, danzas pastoriles y otros obsequios».

Al grito de ¡Vivan las caenas! ¡Muera la nación!, algunos madrileños recibieron también a Fernando VII. En la calle Toledo, un grupo desenganchó los caballos de su carruaje para engancharse ellos mismos. El cambiante pueblo español, siempre tan presto a desperdiciar con prisa lo conquistado, lo difícilmente conquistado, se aprestó sin empacho a cambiar el «Viva la Pepa» por el «Viva las caenas». Hecho repetido en ocasiones posteriores.

Una vez llegó a España Fernando VII por el que habían luchado y muerto los españoles, no en vano fue llamado “El Deseado”, el 4 de marzo de 1814 impuso el famoso decreto.

“Vengo (…) en declarar aquella Constitución de 1812 y los decretos de las Cortes de Cádiz nulos y de ningún valor y efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubieran pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio de los tiempos, y sin obligación en mis pueblos y mis súbditos a cumplirlos ni guardarlos”. Es un auténtico golpe de Estado. No sería el último en nuestra Historia.

Como señaló el catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza Manuel Ramírez en su libro España en sus ocasiones perdidas y la Democracia mejorable: “Es difícil encontrar en nuestra historia una expresión tan rotunda de negar el pasado: Como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo”. Es querer negar, no ya manipular. Es borrar la historia que no conviene. Tal pretensión, es claro, olvida que todo cuanto ocurre, por pequeño que sea, deja señal en el largo libro de la historia. Mas lo inevitable es que todo acontecimiento histórico deja un poso que puede reaparecer en el presente. Pero, lo que pretende ese decreto de Fernando VII es evitar que reaparezca. Es mucho más que olvidar; es negar su existencia. Como que no ha ocurrido nunca. Pero es una utopía tal pretensión, porque tras la represión y exilio de los españoles entre 1814-1820 se produjo el levantamiento de Riego en 1820, que restableció la Constitución de Cádiz, obligado por las circunstancias el bellaco Fernando dijo “marchemos todos y yo el primero por la senda constitucional”, cuando a la vez estaba instando a los monarcas europeos a que le restablecieran como monarca absoluto, objetivo que alcanzó con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823. Nueva represión y exilio. Triste, lamentable y cruel fue todo el reinado de Fernando VII, mas como si no se sintiera satisfecho por tanto daño hecho en vida a tantos españoles, por su ineptitud nos dejó a su muerte planteada una guerra fratricida. Pero esto es otra historia. 

Creo que por lo descrito anteriormente está más que demostrada la lamentable y perversa actuación política de Fernando VII, mas para añadir algunas pinceladas sobre este personaje me parece pertinente recurrir a la pluma de Benito Pérez Galdós, en concreto a su novela La Fontana de Oro (1870). Está ambientada en el Madrid del Trienio Liberal (1820-1823). Retrata el Madrid de las tertulias en los cafés, a través de la descripción del café situado en la carrera de San Jerónimo, La Fontana de Oro, y las reuniones que los conspiradores liberales celebrarán allí contra el absolutismo. Nos sumerge en las calles de Madrid, en las manifestaciones, en los fusilamientos y ejecuciones, en un periodo convulso en el que tiene lugar la historia de amor entre Lázaro, un joven liberal y Clara, la protegida de Elías Coletilla, un viejo absolutista. Es una descripción impresionante de Fernando VII, que aparece en el capítulo XLI de la novela, titulado Fernando el Deseado. Es para disfrutar.

“La luz de una lujosa lámpara le iluminaba completamente el rostro, aquel rostro execrable que, para mayor desventura nuestra, reprodujeron infinidad de artistas, desde Goya hasta Madrazo. Es terrible la infinita abundancia de retratos de aquella cara repulsiva que nos legó su reinado. España está infestada de efigies de Fernando VII, ya en estampa, ya en lienzo. Esa cara no se parece a la de tirano alguno, como Fernando no se parece a ningún tirano. Es la suya la más antipática de las fisonomías, así como es su carácter el más vil que ha podido caber en un ser humano. Estupenda nariz, que sin ser deforme como la del conde-duque de Olivares, ni larga como la de Cicerón, ni gruesa como la de Quevedo, ni tosca como la de Luis XI, era más fea que todas estas, formaba el más importante rasgo de su rostro, bastante lleno, abultado en la parte inferior, y colocado en un cuerpo de buenas proporciones. La vanidad austriaca no puesto su boca prominente debajo de la nariz borbónica, símbolo de doblez, con más acierto y simetría que como estaba en la cara de Fernando VII. Dos patillas muy negras y pequeñas le adornaban los carrillos, y sus pelos erizados a un lado y otro parecían puestos allí para darle la apariencia de un tigre en caso de que su carácter cobarde le permitiera dejar de ser chacal. Eran sus ojos grandes y muy negros, adornados con pobladísimas cejas que los sombreaban, dándoles una apariencia por demás siniestra y hosca.

Respecto a su carácter, ¿qué diremos? Este hombre nos hirió demasiado, nos abofeteó demasiado para que podamos olvidarle. Fernando VII fue el monstruo más execrable que ha abortado el derecho divino. Como hombre, reunía todo lo malo que cabe en nuestra naturaleza; como Rey, resumió en sí cuanto de flaco y torpe pueda caber en la potestad real. La revolución de 1812, primera convulsión de esta lucha de cincuenta años, que aún dura y tal vez durará mucho más, trató de abatir la tiranía de aquel demonio, y en sus dos tentativas no lo consiguió. La Revolución hubiera abatido a Nerón, a Felipe II, y no abatió a Fernando VII. Es porque este hombre no luchó nunca frente a frente con sus enemigos, ni les dio campo. No fue nuestro tirano descarado y descubiertamente abominable; fue un histrión que hubiera sido ridículo a no tratarse del engaño de un pueblo. Nos engañó desde niño, cuando fraguando una conspiración contra un favorito aborrecido, muy superior a Fernando por su inteligencia, adquirió una popularidad que pronto pagó España con la sangre de sus mejores hijos. Fernando fue mal hijo: conspiró contra su padre Carlos IV, cuya imbecilidad no disminuía el valor de su benevolencia; conspiró contra el Trono que debía heredar más tarde, y aun amenazó la vida del que le dio el ser. Después se arrastró a los pies de Napoleón como un pordiosero, mientras España entera sostenía por él una lucha que asombró al mundo. Al volver del destierro, pagó los esfuerzos de los que él llamaba sus vasallos, con la más fría ingratitud, con la más necia arrogancia, con la anulación de todos los derechos proclamados por los constituyentes de Cádiz, con el destierro o la muerte de los españoles más esclarecidos; encendió de nuevo las hogueras de la Inquisición; se rodeó de hombres soeces, despreciables e ignorantes, que influían en los destinos públicos, como hubiera podido influir Aranda en las decisiones de Carlos III; persiguió la virtud, el saber, el valor; dio abrigo a la necedad, a la doblez, a la cobardía, las tres fases de su carácter. Restablecido a pesar suyo el sistema constitucional, tascó el freno, disimuló como él sabía disimular, guardando el veneno de su rabia devorando su propio despecho, encubriendo sus intentos con palabras que nunca pronunció antes sin risa o encono. Lo que es capaz de tramar un ser de estos, tan hipócritas como cobardes, se comprende por lo que tramó Fernando en aquellos tres años desde las mil facciones y complots realistas, alimentados por él, hasta el complot final de los cien mil hijos de San Luis, que Francia mandó al Trocadero. Así recobró lo que en su jerga real llamaba él sus derechos, inaugurando los diez años de fusilamientos y persecuciones en que la figura de Tadeo Calomarde apareció al lado de Fernando, como Caifás al lado de Pilatos. El pacto sangriento de estos dos monstruos terminó en 1823, en que Dios arrancó de la tierra el alma del Rey, y entregó su cuerpo a los sótanos del Escorial, donde aún creemos que no ha acabado de pudrirse.

Pero con este fin no acabaron nuestras desdichas. Fernando VII nos dejó una herencia peor que él mismo, si es posible: nos dejó a su hermano y a su hija, que encendieron espantosa guerra. Aquel Rey que había engañado a su padre, a sus maestros, a sus amigos, a sus ministros, a sus partidarios, a sus enemigos, a sus cuatro esposas, a sus hermanos, a su pueblo, a sus aliados, a todo el mundo, engañó también a la misma muerte, que creyó hacernos felices librándonos de semejante diablo. El rasgo de miseria y escándalo no ha terminado aún entre nosotros…"

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