Civilización o barbarie. La batalla por el futuro de la humanidad
Civilización o barbarie. La batalla por el futuro de la humanidad
En un momento marcado por la erosión de nuestra atención, la dictadura del algoritmo y el avance de una inteligencia artificial que redefine el trabajo y el poder, el politólogo Alán Barroso nos propone mirar de frente aquello que algunos prefieren no ver.
Civilización o barbarie (Ediciones B, 2026) recorre los grandes desafíos de nuestro siglo: la desinformación que alimenta los extremismos, un capitalismo que convierte el tiempo en mercancía, la crisis climática que ya desborda los mapas y la secesión silenciosa de las élites que pueden permitirse vivir al margen de las reglas.
El autor no se limita a señalar los síntomas; también desmonta los relatos que presentan el deterioro como algo inevitable y muestra cómo, en ese ambiente de desorientación, ganan terreno quienes buscan debilitar lo que nos mantiene unidos. La barbarie, advierte Barroso, se abre paso cuando dejamos de pensar colectivamente.
Este libro, del que infoLibre adelanta un fragmento coincidiendo con su llegada a las librerías este mismo jueves 9 de abril, es una invitación a recuperar la imaginación política y a defender las instituciones que hacen posible la vida en común. Porque renunciar a pensar el futuro también es una forma de perderlo.
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Civilización o barbarie
Empecemos por el final: la barbarie está ganando. No la barbarie de las hordas salvajes y el caos que imaginaban nuestros antepasados. La nuestra es más sofisticada: viste traje de marca, cotiza en bolsa y tiene cuenta en Islas Caimán. La nuestra destruye el planeta con hojas de cálculo, mata con algoritmos y celebra la miseria ajena con champán francés.
En Silicon Valley diseñan aplicaciones para que no tengas que mirar a los ojos al repartidor que te trae la cena. En Davos discuten el futuro de la humanidad sin ningún humano que gane menos de seis cifras. En las salas de juntas se aplaude cuando sube la acción después de despedir a miles de empleados. Esta es la nueva barbarie: eficiente, optimizada y con excelente marketing.
Durante siglos, «civilización o barbarie» fue el mantra favorito del colonialismo. Era la coartada perfecta: nosotros (o nuestras élites, mejor dicho) teníamos catedrales, códigos civiles y cubiertos de plata; los otros tenían recursos naturales y la mala suerte de vivir encima de ellos. El argumento servía igual para bendecir la conquista de América que para justificar el reparto de África en Berlín. Para «pacificar» Argelia o para «democratizar» Irak. Siempre la misma estafa con distinto envoltorio.
La diferencia es que hoy ya no pueden mantener la farsa.
Antes podían disfrazar la barbarie de misión civilizadora; el saqueo, de progreso; el genocidio, de educación. Tenían el monopolio del relato. Pero ahora, con el planeta en llamas, con la desigualdad en máximos históricos, con la democracia convertida en parodia, ya no cuela. La máscara se ha caído. Ya no pueden pretender que la concentración obscena de poder es meritocracia. Ya no pueden fingir que la extracción infinita es crecimiento. Ya no pueden hablar de orden mientras siembran el caos, de estabilidad mientras todo se desmorona, de futuro mientras devoran el presente.
Y, precisamente porque la máscara se ha caído, podemos recuperar estos términos y usarlos con honestidad por primera vez.
Rosa Luxemburgo habló de «socialismo o barbarie» cuando el capitalismo industrial devoraba Europa. Para ella, la disyuntiva era clara: o superábamos el capitalismo o caeríamos en la destrucción mutua. Era una cuestión de sistemas económicos, de lucha de clases, de revolución contra reforma.
Un siglo después, la disyuntiva es a la vez más modesta y desesperada. Ya no estamos debatiendo entre sistemas económicos alternativos. No estamos eligiendo entre revolución o reforma. Estamos en algo mucho más básico: defender los últimos restos de vida civilizada —la posibilidad misma de lo común, de lo público, de lo compartido— frente a una barbarie que avanza sin siquiera necesitar una ideología clara.
Ya no es «socialismo o barbarie». Es algo más elemental: civilización o barbarie. Mantener espacios donde la lógica del beneficio no lo devore todo. Preservar instituciones que todavía funcionen para las personas y no contra ellas. Defender la idea misma de que podemos decidir colectivamente sobre nuestro destino. Son mínimos de supervivencia, no máximos revolucionarios.
El tiempo se agota. Los científicos nos dan una década para cambiar el rumbo del cambio climático. Los economistas (los honestos) advierten de que la próxima crisis hará parecer un juego de niños a la del 2008. Los sociólogos documentan cómo se deshilachan los lazos que nos mantienen juntos. Los fascistas afilan sus cuchillos.
Este libro no es un manual de supervivencia individual. Para eso ya existen miles de gurús vendiéndote cursos para hacerte millonario si eres pobre o refugios nucleares en Nueva Zelanda si eres rico. Este libro trata sobre la única salida real: la colectiva. Porque la civilización no es un lugar al que llegar, sino algo que construimos juntos o no construimos en absoluto.
La pregunta no es si queremos civilización o barbarie. La pregunta es si tendremos el coraje de admitir en cuál estamos viviendo ya, y si tendremos la fuerza para construir la alternativa antes de que sea demasiado tarde.
Y un spoiler: es más tarde de lo que crees.
Cruzar el Rubicón
El Rubicón es un río escasamente profundo del nordeste de Italia. Aparentemente es sencillo de cruzar. Un simple paseo de orilla a orilla. Sin embargo, a lo largo de los siglos ha prevalecido la frase «cruzar el Rubicón» para referirnos a un momento decisivo, un paso audaz e irreversible hacia lo desconocido. La expresión se remonta a cuando el Rubicón era un río que ejercía de frontera natural entre Roma y la Galia Cisalpina. Cruzarlo le supuso a Julio César desafiar a Roma y dar un paso hacia lo desconocido. Antes de hacerlo, César contempló las aguas tranquilas del Rubicón, que más que una frontera física se había convertido en una frontera mental, y pronunció las famosísimas palabras que retumbarían en la eternidad de la historia: «Alea iacta est» (la suerte está echada).
Hoy en día, las fronteras siguen estando en nuestras cabezas. Pero cruzamos una media de cinco Rubicones a la semana. Quemamos etapas con una rapidez pasmosa. Esta velocidad vertiginosa de cambio y toma de decisiones plantea una pregunta inquietante: ¿estamos reflexionando de verdad sobre las consecuencias de nuestras acciones o simplemente reaccionando a un mundo que cambia más rápido de lo que podemos procesar? La frecuencia con la que nos enfrentamos a decisiones trascendentales puede estar erosionando nuestra capacidad para distinguir entre lo verdaderamente importante y lo meramente urgente.
Una vez que César cruzó el Rubicón, no solo cambió su propio destino, sino el de toda Roma. La guerra civil que siguió a ese paso transformó la República en un imperio bajo su liderazgo. Esas decisiones, impulsadas por ambiciones y visiones, dieron forma a siglos de historia europea y mundial.
En la actualidad, estamos parados en las orillas de nuestro propio Rubicón metafórico. Vivimos en una era de avances tecnológicos sin precedentes, desafíos medioambientales, cambios sociopolíticos y una interconexión global que determinará el futuro de la humanidad. Las decisiones que tomemos en las próximas décadas no solo definirán nuestro legado, sino también el mundo que dejaremos a las generaciones futuras.
Tomemos como ejemplo la inteligencia artificial. Estamos en un punto donde esta tecnología tiene el potencial de revolucionarlo todo, desde la medicina hasta la economía. Pero ¿cómo la moldeamos? ¿Dejamos que siga su curso sin restricciones o establecemos límites éticos? Al decidir, estamos cruzando nuestro Rubicón tecnológico.
Políticamente, vemos naciones en encrucijadas, lidiando con cuestiones de identidad, soberanía y los derechos fundamentales de sus ciudadanos. Las decisiones de los líderes y sus votantes sobre estos asuntos en este preciso momento están redefiniendo el mapa geopolítico del mundo, un Rubicón más que debemos reconocer y afrontar.
Al igual que César, no podemos prever todas las consecuencias de nuestras acciones. Sin embargo, sabemos que las elecciones hechas en situaciones críticas pueden transformar la trayectoria de la historia. Mientras continuamos nuestro viaje a través de este libro que recién empiezas a leer, debemos reflexionar sobre las encrucijadas a las que nos enfrentamos y cómo nuestras decisiones determinarán el futuro. Porque, como César, una vez que crucemos, no habrá vuelta atrás.

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