El nuevo frente del poder europeo

 

El nuevo frente del poder europeo. La gran batalla de estos días se está produciendo en los algoritmos, los satélites y las normas que gobiernan el espacio digital.

Pedro Sánchez encendió la mecha al proponer restringir el acceso de los menores de dieciséis años a las redes sociales, un gesto que apunta más allá de la protección infantil y busca recuperar poder regulatorio frente a plataformas globales que operan fuera del control europeo.

La reacción de Elon Musk fue inmediata y contundente. En su propia red social, Musk calificó al presidente español con palabras duras: “Dirty Sánchez is a tyrant and traitor to the people of Spain” (“El sucio Sánchez es un tirano y un traidor al pueblo español”). Para algunos actores tecnológicos, cualquier intento de limitar su poder —incluso cuando se invoca la protección de menores— se percibe como una amenaza directa a su libertad operativa y a su modelo de negocio.

No es libertad de expresión; es poder sin contrapesos. España ha vivido algo inédito. El fundador de una gran plataforma privada ha utilizado su control absoluto sobre la infraestructura digital para enviar propaganda política directa a millones de ciudadanos, atacando a un gobierno elegido democráticamente. El episodio resume el dilema central de la era digital: tecno-oligarcas extranjeros, sin responsabilidad legal ni transparencia, influyendo de forma directa en el debate público nacional mientras se presentan como víctimas de la regulación.

Regulación europea vs. poder privado. Este choque no es un desencuentro aislado, sino el síntoma de un conflicto mayor. La iniciativa española se inserta en la lógica de la autonomía estratégica europea frente a la dependencia de servicios tecnológicos extranjeros. Como señala uno de los artículos analizados: "Proteger a los menores significa proteger a los futuros ciudadanos europeos de dinámicas de dependencia tecnológica, manipulación algorítmica y colonización cultural".

Regular, en este contexto, no equivale a censurar. Proteger a menores, exigir la retirada de contenidos ilegales o supervisar el funcionamiento de los algoritmos no significa silenciar la disidencia, sino introducir límites democráticos allí donde hoy solo rige la lógica privada.

Geopolítica y dominio global. En un plano más amplio, el pensador Giuliano Da Empoli advierte sobre la actitud de Estados Unidos hacia Europa. En Agenda Pública se recoge su afirmación rotunda de que “Trump tiene una perspectiva colonial hacia Europa y busca una dominación imperial explícita”. La disputa ya no es solo tecnológica, sino una confrontación entre modelos de poder que afecta directamente a la autonomía europea.

Da Empoli va más allá y vincula esta lógica con una transformación profunda del sistema político, señalando que "estos actores son los constructores de la realidad en la que todos hemos entrado" y que el espacio digital ha terminado "gobernado por sus propias leyes y reglas" tras el traslado de los procesos políticos al ámbito online.

El poder tecnológico como actor estratégico. El conflicto no se limita a las redes sociales. También atraviesa debates estratégicos sobre capacidades críticas. En una entrevista en 'Agenda Pública' el excomisario europeo Thierry Breton afirmaba que "Europa necesita trabajar unida para defenderse y, en caso necesario, emprender acciones ofensivas en ámbitos de ciberseguridad, el espacio, la defensa aérea y la defensa marítima". La idea de fondo es clara: ningún Estado europeo puede proteger por sí solo estas infraestructuras en un mundo hiperconectado y crecientemente competitivo.

Por qué importa el choque Sánchez–Musk. Este episodio va mucho más allá de una respuesta hostil en redes sociales. Representa una tensión estructural entre autoridad democrática y poder corporativo transnacional. La medida española no se limita a la infancia: forma parte de un intento más amplio de "recuperar poder regulatorio frente a plataformas globales" que, durante años, han operado con escasa sujeción a marcos europeos.

Da Empoli sintetiza el riesgo al señalar que estos nuevos actores comparten con ciertos líderes políticos la misma inclinación por rechazar límites, poniendo en cuestión cómo se construye y se defiende la democracia en la era digital.

Lo que hay que mirar. El riesgo para Europa es quedarse en gestos simbólicos sin alterar el equilibrio real de poder, o avanzar en regulación sin prepararse para el inevitable conflicto político y económico. Conviene observar:

  • Si Bruselas respalda o enfría iniciativas como la española.

  • Si otros líderes europeos se atreven a seguir el camino de la afirmación regulatoria.

  • Si la UE acelera su apuesta por capacidades propias en ciberseguridad, espacio y conectividad en lugar de depender de actores externos.

Bottom line. El debate ya no es solo libertad frente a regulación. Es dependencia frente a autonomía. Y esta vez, el pulso se juega —como advierten los protagonistas de estos análisis— en algoritmos, satélites y decisiones tecnológicas que determinarán quién manda en la próxima década.

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