El monasterio- Poema de José García Nieto

 El monasterio

Como la miel a la colmena

y las alondras al sembrado,

Domingo trae para Castilla

un sueño místico y lejano.

No le bastaba a la arboleda 

la majestad pura del árbol.

Él le pondría ramas, nidos,

y hojas, y encajes, y trenzados

creadores de la armonía

en los aires sobresaltados. 

El que cuida ya los muros

como cuidaba los rebaños,

mira la piedra dulcemente,

hace activar frentes y brazos,

y cobra el bosque su sentido 

y hace que el cielo entre en los patios

y que las luces de la tarde

pongan sus velas en los arcos,

como navíos que se acercan

a un mar abierto y azulado. 

“¿Quién me da lumbre en esta esquina?

¿Quién me adelgaza en este ángulo?

¿Cómo alcancé vida de oro

yo que era piedra y nada valgo…?”.

Hablan mástiles, capiteles, 

bases, fustes y entramados,

crucifixiones en umbelas

con enjambres de apostolados.

Se hacen los santos arquitectos,

los artífices se hacen santos, 

y las naves son más naves

y los cruceros son más altos.

Arquerías de medio punto

en el concierto del románico

un ruiseñor tiene por clave 

y una baranda por teclado.

La dulzura de la madera

se desgrana por los peldaños,

y es un parral lleno de mieles

la escala del artesonado. 

Todos los años de Domingo

valen por estos treinta años

en que suben a Dios los rezos

imprevistos del columnario.

Se abren sellos apocalípticos, 

ruedas solares, calendarios,

lacerías que se confunden,

animales entrelazados,

alas de arcángeles ardientes,

balanceos turiferarios 

y capricornios de diez cuernos

y dragones precipitados.

Pero todo por Dios se eleva,

todo por Dios se hace prefacio

de un rito oculto y misterioso 

que se anuncia con un relámpago.

Todo es la fiesta de un domingo

donde ya suben las palmas, ramos,

porque Domingo es el auriga

en un caro de mil caballos; 

porque Domingo es el domingo

del Señor, pero sin descanso,

que su semana no termina

donde terminan los trabajos

Silos es ya una fortaleza 

que se hace néctar en los labios,

es una roza que se abre

en un castillo castellano

y su señor está en el cielo,

y en la tierra están sus soldados. 

“¿Quién me da luz en esta almena?,

¿quién sosiega este regazo?,

¿quién santo y seña en este puente?,

¿quién alcaide en este palacio?”.

Hablan las formas recreadas, 

hablan los cuerpos transformados,

el vegetal ennoblecido

y el mineral humanizado.

Hablan en estas cuatro esquinas,

delgadamente los cedazos 

que hacen pasar aguas de oro:

fuente serena, arroyo claro.

Domingo ha vuelto al Paraíso

para que Adán fuera salvado;

el amante de la belleza, 

entre lo bello avecindado,

sabe que en Burgos hay un huerto

todo plantado por su mano,

donde los ángeles se enredan

en la locura de los patios, 

donde los ángeles confunden

lo descendido y lo elevado.

JOSÉ GARCÍA NIETO, 1973.
Transcripción fidedigna del original conservado en Silos

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