El monasterio
Como la miel a la colmena
y las alondras al sembrado,
Domingo trae para Castilla
un sueño místico y lejano.
No le bastaba a la arboleda
la majestad pura del árbol.
Él le pondría ramas, nidos,
y hojas, y encajes, y trenzados
creadores de la armonía
en los aires sobresaltados.
El que cuida ya los muros
como cuidaba los rebaños,
mira la piedra dulcemente,
hace activar frentes y brazos,
y cobra el bosque su sentido
y hace que el cielo entre en los patios
y que las luces de la tarde
pongan sus velas en los arcos,
como navíos que se acercan
a un mar abierto y azulado.
“¿Quién me da lumbre en esta esquina?
¿Quién me adelgaza en este ángulo?
¿Cómo alcancé vida de oro
yo que era piedra y nada valgo…?”.
Hablan mástiles, capiteles,
bases, fustes y entramados,
crucifixiones en umbelas
con enjambres de apostolados.
Se hacen los santos arquitectos,
los artífices se hacen santos,
y las naves son más naves
y los cruceros son más altos.
Arquerías de medio punto
en el concierto del románico
un ruiseñor tiene por clave
y una baranda por teclado.
La dulzura de la madera
se desgrana por los peldaños,
y es un parral lleno de mieles
la escala del artesonado.
Todos los años de Domingo
valen por estos treinta años
en que suben a Dios los rezos
imprevistos del columnario.
Se abren sellos apocalípticos,
ruedas solares, calendarios,
lacerías que se confunden,
animales entrelazados,
alas de arcángeles ardientes,
balanceos turiferarios
y capricornios de diez cuernos
y dragones precipitados.
Pero todo por Dios se eleva,
todo por Dios se hace prefacio
de un rito oculto y misterioso
que se anuncia con un relámpago.
Todo es la fiesta de un domingo
donde ya suben las palmas, ramos,
porque Domingo es el auriga
en un caro de mil caballos;
porque Domingo es el domingo
del Señor, pero sin descanso,
que su semana no termina
donde terminan los trabajos
Silos es ya una fortaleza
que se hace néctar en los labios,
es una roza que se abre
en un castillo castellano
y su señor está en el cielo,
y en la tierra están sus soldados.
“¿Quién me da luz en esta almena?,
¿quién sosiega este regazo?,
¿quién santo y seña en este puente?,
¿quién alcaide en este palacio?”.
Hablan las formas recreadas,
hablan los cuerpos transformados,
el vegetal ennoblecido
y el mineral humanizado.
Hablan en estas cuatro esquinas,
delgadamente los cedazos
que hacen pasar aguas de oro:
fuente serena, arroyo claro.
Domingo ha vuelto al Paraíso
para que Adán fuera salvado;
el amante de la belleza,
entre lo bello avecindado,
sabe que en Burgos hay un huerto
todo plantado por su mano,
donde los ángeles se enredan
en la locura de los patios,
donde los ángeles confunden
lo descendido y lo elevado.

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