viernes, 8 de mayo de 2026

Estamos cruzando el Rubicón

Estamos cruzando el Rubicón

Me parece que la economía internacional está cruzando un límite de ese tipo.

 La ley romana prohibía a cualquier general adentrarse con sus tropas en territorio metropolitano considerando que las consecuencias de hacerlo serían irreversibles.

De ahí que la expresión "cruzar el Rubicón" haya sobrevivido dos mil años para designar el momento en que se traspasa un umbral sin retorno, después del cual nada puede volver a ser como fue.

  1. El Estrecho de Ormuz
    • Riesgo de escalada
      • Lo que no se está haciendo y por qué
        • Ciegos, sin voz y con las manos atadas
          • Varias razones podrían explicarlo.

            Me parece que la economía internacional está cruzando un límite de ese tipo y explico por qué en este artículo

            El Estrecho de Ormuz

            Es ya bien sabido, pero conviene repetirlo. Desde el 28 de febrero de 2026, el Estrecho de Ormuz (una franja de agua de 33 kilómetros de anchura que separa Irán de Omán) está prácticamente bloqueado como consecuencia de la guerra iniciada por los ataques de Estados Unidos e Israel sobre Irán. Según las estimaciones habituales de organismos internacionales, por allí pasaba en condiciones normales el 20% del petróleo que se comercia en el mundo por vía marítima, un porcentaje semejante del gas natural licuado global, y alrededor del 30% del comercio mundial de fertilizantes -urea, amoníaco, fosfatos- sin los cuales la agricultura moderna no funciona.

            Julio César cruzó el Rubicón, desencadenó una segunda guerra civil y, aunque su osadía no significó de forma del fin del orden republicano, sí abrió el proceso que lo llevó a desaparecer

            El petróleo puede desviarse parcialmente, pero con cuellos de botella evidentes; en el caso del gas y de ciertos fertilizantes, la sustitución a corto plazo es mucho más compleja. El resultado ha sido una caída superior al 91% del tráfico marítimo, según la UNCTAD, y una tensión creciente en los mercados energéticos.

            De momento, el impacto de todo ello sobre la economía internacional ha sido contenido por varios factores: el cierre no ha sido total, pues Irán ha concedido derechos de tránsito a buques con bandera de China, Rusia, India, Irak o Pakistán; se han utilizado cientos de millones de barriles de las reservas estratégicas de las grandes economías; y se ha registrado una cierta reducción de la demanda al anticipar los problemas venideros.

            Sin embargo, la percepción de que la crisis está amortiguada y de que sus efectos están siendo y van a ser limitados es engañosa, incluso en el momento presente.

            En varios países altamente dependientes de las importaciones energéticas, los efectos y daños ya se han manifestado con toda crudeza. En Bangladesh hay racionamiento de combustible desde hace varias semanas y sus fábricas de fertilizantes están cerradas en plena siembra del arroz. Pakistán ha perdido en semanas dos años de recuperación económica. Sri Lanka ha reintroducido el racionamiento que ya sufrió en su quiebra de 2022. Filipinas declaró la emergencia nacional en marzo. Jordania y Líbano acumulan pérdidas superiores al 6% de su PIB. Y en el África subsahariana, decenas de millones de personas están viendo encarecerse los alimentos a un ritmo que sus ingresos no pueden seguir.

            Riesgo de escalada

            Si el estrecho no se abre en mayo o junio, Europa no podrá comenzar a recargar sus almacenes de gas y se hará frente al invierno con apenas el 30% de su capacidad. La industria no dispondrá de recursos suficientes y las economías entrarán en una situación diferente y más grave que la de una recesión convencional.

            Si al llegar al otoño no hay oferta suficiente, la escasez de fertilizantes en las cosechas del hemisferio norte que comenzaron a sembrarse entre marzo y abril, hará que los rendimientos se desplomen y que los precios alimentarios se disparen. De ser así, en otoño de 2026 van a converger tres tensiones simultáneas e interrelacionadas, en energía, alimentos y finanzas, que pueden reforzarse entre sí y desbordar a los mecanismos de amortiguación que pueda haber disponibles.

            Lo que no se está haciendo y por qué

            Minimizar estos riesgos y retrasar la adopción de medidas de emergencia es un error de gran magnitud.

            En primer lugar, sería imprescindible plantear una coordinación internacional efectiva para garantizar corredores energéticos y de suministros críticos. También debería haberse empezado a movilizar con la mayor rapidez mecanismos de apoyo financiero y logístico para los países más vulnerables, los que están soportando ya los efectos más severos de la disrupción.

            Por otro lado, las políticas de gestión de la demanda siguen siendo tímidas y fragmentarias. El shock de oferta al que nos vamos a enfrentar va a ser de extraordinaria magnitud y hace necesaria una reducción coordinada del consumo energético de proporciones semejantes, reasignar los recursos hacia usos prioritarios y planificar las contingencias que con mucha seguridad se van a dar en prácticamente todos los sectores industriales.

            Por último, es especialmente peligroso que apenas se esté abordando el frente quizá más crítico en términos sociales, la falta de alimentos que pueden padecer millones de personas. La escasez de fertilizantes que se avecina y su impacto sobre las futuras cosechas obligaría a elaborar programas internacionales de apoyo a la producción agrícola y de estabilización de precios que, por ahora, no han pasado de ser meras y muy modestas declaraciones formales.

            Sin medidas de este tipo, o sin las de suficiente intensidad, se agravarán los efectos de la crisis a corto plazo y reducirán la capacidad de maniobra para enfrentarse a todos esos problemas más adelante, si la situación se prolonga.

            Ciegos, sin voz y con las manos atadas

            La pregunta que necesariamente plantea lo que está ocurriendo es por qué no se frena, si es tan evidente, que el cierre del estrecho puede producir una hecatombe.

            Varias razones podrían explicarlo.

            En primer lugar, los mercados financieros están mostrando señales engañosas sobre la gravedad de la crisis, tal y como señalé en un artículo anterior. Apuestan por un menor riesgo y daño a corto y medio plazo del que cabría esperar, siendo realistas, ante una perturbación material de la magnitud que tiene la escasez de oferta que se ha comenzado a generar.

            En segundo lugar, no hay que olvidar que hay agents muy poderosos que están obteniendo beneficios muy elevados de la situación. Rusia, como consecuencia de los precios del gas que suben disparados en Europa. También los productores de petróleo y gas no afectados por el bloqueo y con rutas alternativas (Estados Unidos, Noruega, y algunos países del Golfo Pérsico). Por supuesto, la industria armamentística occidental lleva dos años de crecimiento extraordinario y los grandes inversores financieros que están ganando miles de millones especulando.

            En tercer lugar, influye la gran asimetría existente entre quienes han empezado ya a pagar los daños. Las economías que los están sufriendo en mayor medida son las que tienen menos influencia y poder de decisión en las relaciones internacionales.

            Finalmente, hay una respuesta aún más dramática: lo peor de la estrategia que lleva a cabo Estados Unidos bajo la presidencia de Trump no es que sea inexplicable y errática, sino que está dinamitando los espacios de debate, decisión y coordinación internacionales. El resto de la comunidad internacional sabe perfectamente lo que está ocurriendo y lo que puede ocurrir, pero no actúa con la urgencia ni adopta las decisiones que la situación requiere.

            Julio César cruzó el Rubicón, desencadenó una segunda guerra civil y, aunque su osadía no significó de forma inmediata el fin del orden republicano, sí abrió el proceso que lo llevó a desaparecer. Ahora, vivimos un hecho verdaderamente inédito, la economía mundial se deja arrastrar hacia ese cruce desastroso por la codicia de quienes ganan con el caos, la irresponsabilidad de la administración trumpista, y la parálisis de quienes deberían frenar todo ello y no se atreven a actuar con suficiente determinación.

            Vito Quiles o la política del estruendo

             

            Vito Quiles o la política del estruendo

            El espacio público se degrada. La verdad se adelgaza. La política se embrutece. Y en ese paisaje, cualquiera puede convertirse en objetivo. Basta con que su nombre resulte útil.




            Este artículo no pretende defender a nadie ni a Begoña Gómez, ni a Pedro Sánchez— ni tampoco entrar a valorar posibles afinidades o connivencias entre Vito Quiles y el Partido Popular. Su propósito es simplemente señalar y rechazar una forma de actuar que degrada el ejercicio del periodismo y contamina el espacio público. Porque más allá de nombres propios, lo preocupante es el uso del ruido, la insinuación y la provocación como sustitutos del rigor informativo.

            En la España mediática de hoy, donde el grito compite con el argumento y la sospecha cotiza más alto que la prueba, el nombre de Vito Quiles ha dejado de ser un eco marginal para convertirse en símbolo de una forma de hacer política, concretamente la del estruendo permanente.

            Quizá el problema no sea únicamente quién lanza la pregunta o quién agita la acusación, sino el sistema que convierte ese gesto en espectáculo y ese espectáculo en munición

            De un personaje vinculado a plataformas como Estado de Alarma. Orbitando en la constelación de la derecha mediática, Quiles no informa sino simplemente irrumpe. No pregunta sino dispara.

            Sus intervenciones en ruedas de prensa no buscan esclarecer, sino tensar. Su objetivo no aspira a conocer la verdad, sino a  provocar impacto a expensas de frases diseñadas para sobrevivir en el ecosistema voraz de las redes, donde la viralidad sustituye al rigor y el ruido se confunde con relevancia.

            No estamos ante un periodista en el sentido clásico, sino ante una figura mutante, mitad activista, mitad agitador, plenamente adaptada a una lógica donde la confrontación no es un medio, sino un fin.

            En ese tablero donde Vito mueve sus trucadas piezas, el nombre de Begoña Gómez se ha convertido en un objetivo recurrente y obsesivo. Alusiones constantes, insinuaciones reiteradas, acusaciones que se deslizan sobre investigaciones aún embrionarias o promovidas por organizaciones como Manos Limpias, cuya credibilidad ha sido tantas veces cuestionada. 

            No importa la solidez del caso sino la persistencia del eco, y la sospecha, una vez sembrada, hace el resto.

            El fenómeno Quiles no crece en el vacío, necesita altavoces, y los encuentra.

            El Partido Popular ha jugado a un doble registro que roza la ambigüedad calculada a expensas de una prudencia institucional en el discurso formal y el aprovechamiento político en la trastienda. 

            Mientras algunos dirigentes populares—los menos— invocan la cautela y el respeto a los tiempos judiciales, otros han integrado el caso en su arsenal retórico contra Pedro Sánchez, contribuyendo a amplificar un relato que aún carece de resolución firme. Y ahí es donde la cuestión deja de ser anecdótica para volverse estructural.

            ¿Fiscalización legítima o acoso revestido de periodismo? 

            ¿Control democrático o linchamiento diferido? 

            La diferencia no es semántica sino el cimiento mismo de la convivencia democrática. Porque una democracia sana exige vigilancia, sí, pero también exige límites. Exige que la presunción de inocencia no sea papel mojado, que la proporcionalidad no se diluya en la histeria y que la frontera entre lo público y lo privado no se convierta en un territorio de caza.

            Cuando el ruido sustituye al dato, cuando la insinuación desplaza a la prueba y cuando actores políticos legitiman ese juego sin esperar a la justicia, lo que se erosiona no es solo la reputación de una persona, sino la credibilidad del sistema entero.

            El espacio público se degrada. La verdad se adelgaza. La política se embrutece. Y en ese paisaje, cualquiera puede convertirse en objetivo. Basta con que su nombre resulte útil.

            El caso de Begoña Gómez no es solo un episodio sino un síntoma que pone al descubierto hasta qué punto hemos desdibujado la línea que separa el control del poder de la persecución personal.

            Quizá, al final, el problema no sea únicamente quién lanza la pregunta o quién agita la acusación, sino el sistema que convierte ese gesto en espectáculo y ese espectáculo en munición. Un sistema donde medios, partidos y audiencias participan —a veces con entusiasmo, otras por inercia— en una maquinaria que premia el exceso y castiga la mesura.

            Y en esa maquinaria, el silencio reflexivo ha dejado de tener valor. Porque ya no compite con argumentos, sino con el estruendo.

            Conferencia "La pintura de la cirugía en el Renacimiento"

             


            Ciberacoso: ¿cómo pueden ayudar los docentes?




             “Todo empezó con una foto editada con inteligencia artificial”, relata Ana. Un compañero la compartió en un grupo privado y, en horas, la humillación circulaba por todo el centro. Ahora Ana no solo sufre mensajes hirientes en redes, también se enfrenta al silencio cómplice de los pasillos y a notas crueles en su pupitre. Para ella, el mundo digital y el físico se han fundido en un único espacio de malestar del que no puede escapar.

            El caso de Ana no es una excepción. Relatos como este son habituales en el ámbito educativo. En una clase promedio de 30 estudiantes, las estadísticas de informes como los de UNICEF o de la Fundación Mutua Madrileña y la Fundación ANAR indican que, de media, dos o tres estudiantes por aula podrían estar sufriendo esta situación en silencio.

            El ciberacoso tiene efectos devastadores en la salud mental: depresión, ansiedad, alteraciones del sueño, sentimientos de soledad y, en los casos más graves, ideación suicida. A pesar de los esfuerzos institucionales y de los debates sobre la restricción de dispositivos, las investigaciones sugieren que las medidas puramente punitivas no bastan.


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            Las competencias emocionales del profesorado

            Si bien las competencias emocionales del alumnado funcionan como un recurso de afrontamiento clave, la ciencia está poniendo el foco en un factor social determinante: la percepción que el alumnado tiene de las competencias emocionales de su profesorado.

            Nuestra investigación reciente revela que cuando los estudiantes perciben en sus docentes comportamientos emocionalmente competentes (empatía, escucha activa y validación), la cibervictimización tiene menos consecuencias psicológicas graves.

            Nuestra misión es compartir el conocimiento y enriquecer el debate.


            Leer más: Tener docentes empáticos aumenta el rendimiento académico


            El clima emocional del aula actúa como un “amortiguador”, y en este clima no solo influye que el alumnado disponga de buenas herramientas emocionales, sino que sienta apoyo o comprensión de su profesorado.

            Una influencia positiva

            No se trata de responsabilizar al profesorado de lo que ocurre tras las pantallas, sino de reconocer su influencia en el ambiente emocional del aula. En el caso de Ana, un profesor o profesora emocionalmente competente habría detectado cambios en su comportamiento (por ejemplo, menos participación, mayor aislamiento o descenso en el compromiso académico) y habría generado un espacio de conversación privada para preguntarle cómo se encontraba y ofrecer herramientas para intervenir.

            Una formación sólida en competencias emocionales facilita la detección temprana y permite ofrecer a víctimas como Ana un entorno seguro que amortigüe el impacto psicológico mientras se ponen en marcha las medidas institucionales y restaurativas necesarias.

            Clima emocional y docente

            Para que los profesores y profesoras sean percibidos por sus estudiantes como figuras en las que confiar y capaces de construir un clima positivo en el aula, se pueden poner en práctica una serie de comportamientos en el día a día.

            Algunas claves pueden ser:

            • Mostrar a chicos y chicas que nos importa cómo se sienten. Iniciar la clase con preguntas como: “¿Qué tal el día?” o “¿Cómo estáis?” puede parecer un gesto sencillo, pero prestar atención a las respuestas, mostrar interés o retomar más tarde algo que hayan comentado ayuda a transmitir que su bienestar importa.

            • Mostrarse accesible y facilitar la comunicación más allá de los contenidos académicos. Por ejemplo, aprovechar los cambios de clase o el inicio para mantener conversaciones informales. Esto puede ayudar a crear un clima de cercanía donde el alumnado se sienta cómodo compartiendo preocupaciones.

            • Validar las emociones del alumnado sin minimizarlas. Por ejemplo, si surge una discusión entre estudiantes en una clase el o la docente puede reconocer primero el enfado o la frustración antes de intervenir para resolver el conflicto. De esta forma se reduce la tensión inicial y el alumnado se siente escuchado, lo que facilita reconducir la situación.

            • Identificar cambios en el comportamiento y generar espacios seguros de conversación. Prestar atención a señales como una menor participación en clase, mayor aislamiento de los compañeros o una caída repentina en el rendimiento académico puede ayudar a detectar situaciones de malestar. Por ejemplo, si una estudiante como Ana que suele participar activamente lleva varias semanas sin hacerlo, puede ser útil buscar un momento tranquilo al final de la clase o en una tutoría para preguntarle cómo se encuentra.


            Leer más: Qué es el liderazgo docente y por qué hay profesores que recordamos toda la vida


            Estos comportamientos fortalecen el vínculo entre docentes y estudiantes y pueden ayudar a que el profesorado sea percibido como una figura de referencia. Además, prestar atención a las claves emocionales del aula facilita la detección temprana de situaciones de malestar o de posibles dinámicas de acoso o ciberacoso.

            Hacia una cultura del respeto

            La prevención del ciberacoso es responsabilidad de toda la comunidad educativa. Además de la implicación del profesorado, es necesaria la formación socioemocional y digital del alumnado y el acompañamiento activo de las familias.


            Leer más: Cómo la autorregulación emocional ayuda a afrontar y reducir el acoso escolar


            No se trata únicamente de activar protocolos ante un conflicto, sino de sostener una cultura escolar que prevenga el daño antes de que aparezca. Y la prevención eficaz no nace únicamente de normas y sanciones, sino de relaciones personales sólidas y entornos educativos donde el respeto y la empatía forman parte de la experiencia diaria del alumnado. Cuando estas competencias se trabajan de manera sistemática y transversal apostando por la implicación de todos los agentes educativos es cuando se reducen las conductas de riesgo.

            Cuando los ojos atacan: el odio en la mirada

             


            Pocos gestos intimidan más que una mirada de odio.

            Recibir esa manifestación de hostilidad por parte de unos ojos ajenos nos despierta una mezcla de miedo y rechazo que hace que nos invada un malestar automático e irracional. Y es que no se trata sólo de una declaración de malas intenciones por parte del emisor: esta silenciosa “agresión emocional” nos saca inmediatamente de nuestro estado de armonía para obligarnos a ponernos en guardia, medir nuestra seguridad y sopesar nuestra fortaleza emocional. En otras palabras, nos asusta.

            Sentir odio dirigido hacia nosotros es un desagradable recordatorio de nuestra vulnerabilidad, una incómoda autoevaluación de fragilidad y una activación del más viejo de nuestros instintos animales: el instinto de supervivencia.

            El origen de las miradas de odio

            Los ojos no solo ven. También hablan.

            Son unos curiosos órganos sensoriales que, a diferencia de las papilas gustativas, los oídos o los receptores de temperatura, no solamente reciben señales del medio externo sino que también son capaces de emitir información.

            Lo hacen porque, ayudados por la musculatura periocular y por la posición de los párpados, contribuyen decisivamente a la expresión facial, una manera muy antigua que tenemos los homínidos de comunicarnos.

            Nuestra misión es compartir el conocimiento y enriquecer el debate.

            De hecho, se ha descubierto hace pocos meses que chimpancés, bonobos y gorilas no solo utilizan los gestos como expresiones fijas de mensajes estereotipados simples. Es mucho más que eso: expresan la amenaza, la alegría, la rivalidad o la sumisión de forma muy dinámica según sea el contexto, aportando matices variables y discriminantes en intercambios comunicativos sociales muy sofisticados.

            Esto nos dice que las “miradas asesinas”, entre otras formas comunicativas no verbales, no son patrimonio exclusivamente humano: forman parte de un sistema de comunicación complejo presente en nuestros ancestros mucho antes del desarrollo del lenguaje oral.

            Miradas que ahorran energía

            Estas formas de comunicación se seleccionaron positivamente por puro ahorro energético. Y en dos sentidos.

            Primero, porque ofrecían una forma de resolver problemas evitando la violencia y el desgaste físico que ésta supone, tanto en mortalidad como en morbilidad. Marcar la dominancia o proteger el territorio ya no implicaba la necesidad de lucha física. Lo vemos actualmente en nuestros “primos” gorilas, donde mirar fijamente a un congénere es suficiente para decir “no te acerques” sin llegar al explícito combate corporal.

            En segundo lugar, reconocer estas señales aporta ventajas claras, como anticipar peleas o evitar fraguarnos enemistades potencialmente peligrosas.

            Resumiendo, la mirada de odio es un vestigio estratégico de comunicación ancestral para leer la intención de otros y reaccionar preventivamente antes de que se desencadenen consecuencias irreversibles.

            La sofisticación de la mirada de odio humana

            Pero los humanos no nos hemos contentado con heredar este utilísimo “radar” de conflictos. Lo hemos optimizado y de una forma bastante creativa: jugando con los contrastes de color.

            Los Homo sapiens tenemos la esclerótica blanca, a diferencia de otros primates donde suele ser oscura o del mismo tono que el iris. Esto nos permite detectar inmediatamente la orientación de la mirada e interpretar rápidamente su objetivo. Esta precisión ha sido de lo más útil: una simple alteración en la coloración de la esclerótica ha transformado los ojos en órganos capaces de mandar mensajes mucho más sutiles y personalizados que los del resto de primates.

            Por otra parte, la esclerótica blanca también amplifica la expresión de las emociones. La sorpresa, la alegría o la amenaza que puedan transmitir movimientos o cambios mínimos del iris se perciben con mucha más claridad en un ojo de “colores contrastados”. Esta precisión fina en la mirada nos proporcionó una herramienta muy poderosa a la hora de facilitar la comunicación de intenciones en una estirpe eminentemente social como la nuestra, favoreciendo claramente la cooperación grupal.

            La interpretación cerebral de las miradas de odio

            Pero de poco nos serviría emitir señales oculares mucho más sofisticadas que el resto de primates si no fuésemos capaces de descodificarlas en toda su pluralidad y complejidad. Y, ahí, nuestro cerebro interviene brillantemente interpretando la señal de amenaza que supone una mirada de odio de dos formas diferentes pero hábilmente complementarias.

            Una primera respuesta, rápida, supone una reacción automática del cuerpo que tensiona músculos, aumenta el ritmo cardíaco e, incluso, cambia el ritmo respiratorio. Así nos preparamos para luchar o para huir, dependiendo de en qué situación (de superioridad o inferioridad) estemos ante el agresor. Esta vía, denominada magnocelular y resultante de la activación del circuito neuronal tálamo-amígdala, dispara una alerta inmediata mucho antes de que hayamos realizado un análisis mínimamente consciente de la situación.

            Pero no solo hay automatismos. Junto con esta preparación automática de nuestro cuerpo para responder a la amenaza, se activa la vía parvocelular, ruta mucho más precisa y lenta que permite decidir con “voluntariedad sopesada”. Intercalando un paso intermedio por la corteza cerebral (tálamo-corteza prefrontal-amígdala), valoramos el peligro y modulamos “juiciosamente” la respuesta. Así “nos pensamos” si actuar o dejar sin contestación física a la amenaza del “fanfarrón”.

            Aunque en nuestro contexto civilizado actual rara vez los conflictos personales suponen un peligro físico, nuestra biología sigue reaccionando igual que millones de años atrás. Y con un dato añadido de especial trascendencia: es mejor sobrerreaccionar ante posibles amenazas que subestimarlas. Es lo que se denomina el sesgo de negatividad, que nos hace percibir hostilidad incluso cuando no la hay. En otras palabras, que nuestro cerebro prioriza la seguridad sobre la exactitud y tiende a dar galletas antes de que te las den.

            Por eso hay que insistir tanto en la educación: para evitar tirarse directamente a la yugular del que osa enviarnos una mirada de odio y prevenir escenas tan poco evolucionadas como las que manifiestan algunas competiciones deportivas o los plenos de algunos parlamentos.

            Cuando los ojos atacan: el odio en la mirada

            Pocos gestos intimidan más que una mirada de odio.

            Recibir esa manifestación de hostilidad por parte de unos ojos ajenos nos despierta una mezcla de miedo y rechazo que hace que nos invada un malestar automático e irracional. Y es que no se trata sólo de una declaración de malas intenciones por parte del emisor: esta silenciosa “agresión emocional” nos saca inmediatamente de nuestro estado de armonía para obligarnos a ponernos en guardia, medir nuestra seguridad y sopesar nuestra fortaleza emocional. En otras palabras, nos asusta.

            Sentir odio dirigido hacia nosotros es un desagradable recordatorio de nuestra vulnerabilidad, una incómoda autoevaluación de fragilidad y una activación del más viejo de nuestros instintos animales: el instinto de supervivencia.

            El origen de las miradas de odio

            Los ojos no solo ven. También hablan.

            Son unos curiosos órganos sensoriales que, a diferencia de las papilas gustativas, los oídos o los receptores de temperatura, no solamente reciben señales del medio externo sino que también son capaces de emitir información.

            Lo hacen porque, ayudados por la musculatura periocular y por la posición de los párpados, contribuyen decisivamente a la expresión facial, una manera muy antigua que tenemos los homínidos de comunicarnos.

            Nuestra misión es compartir el conocimiento y enriquecer el debate.

            De hecho, se ha descubierto hace pocos meses que chimpancés, bonobos y gorilas no solo utilizan los gestos como expresiones fijas de mensajes estereotipados simples. Es mucho más que eso: expresan la amenaza, la alegría, la rivalidad o la sumisión de forma muy dinámica según sea el contexto, aportando matices variables y discriminantes en intercambios comunicativos sociales muy sofisticados.

            Esto nos dice que las “miradas asesinas”, entre otras formas comunicativas no verbales, no son patrimonio exclusivamente humano: forman parte de un sistema de comunicación complejo presente en nuestros ancestros mucho antes del desarrollo del lenguaje oral.

            Miradas que ahorran energía

            Estas formas de comunicación se seleccionaron positivamente por puro ahorro energético. Y en dos sentidos.

            Primero, porque ofrecían una forma de resolver problemas evitando la violencia y el desgaste físico que ésta supone, tanto en mortalidad como en morbilidad. Marcar la dominancia o proteger el territorio ya no implicaba la necesidad de lucha física. Lo vemos actualmente en nuestros “primos” gorilas, donde mirar fijamente a un congénere es suficiente para decir “no te acerques” sin llegar al explícito combate corporal.

            En segundo lugar, reconocer estas señales aporta ventajas claras, como anticipar peleas o evitar fraguarnos enemistades potencialmente peligrosas.

            Resumiendo, la mirada de odio es un vestigio estratégico de comunicación ancestral para leer la intención de otros y reaccionar preventivamente antes de que se desencadenen consecuencias irreversibles.

            La sofisticación de la mirada de odio humana

            Pero los humanos no nos hemos contentado con heredar este utilísimo “radar” de conflictos. Lo hemos optimizado y de una forma bastante creativa: jugando con los contrastes de color.

            Los Homo sapiens tenemos la esclerótica blanca, a diferencia de otros primates donde suele ser oscura o del mismo tono que el iris. Esto nos permite detectar inmediatamente la orientación de la mirada e interpretar rápidamente su objetivo. Esta precisión ha sido de lo más útil: una simple alteración en la coloración de la esclerótica ha transformado los ojos en órganos capaces de mandar mensajes mucho más sutiles y personalizados que los del resto de primates.

            Por otra parte, la esclerótica blanca también amplifica la expresión de las emociones. La sorpresa, la alegría o la amenaza que puedan transmitir movimientos o cambios mínimos del iris se perciben con mucha más claridad en un ojo de “colores contrastados”. Esta precisión fina en la mirada nos proporcionó una herramienta muy poderosa a la hora de facilitar la comunicación de intenciones en una estirpe eminentemente social como la nuestra, favoreciendo claramente la cooperación grupal.

            La interpretación cerebral de las miradas de odio

            Pero de poco nos serviría emitir señales oculares mucho más sofisticadas que el resto de primates si no fuésemos capaces de descodificarlas en toda su pluralidad y complejidad. Y, ahí, nuestro cerebro interviene brillantemente interpretando la señal de amenaza que supone una mirada de odio de dos formas diferentes pero hábilmente complementarias.

            Una primera respuesta, rápida, supone una reacción automática del cuerpo que tensiona músculos, aumenta el ritmo cardíaco e, incluso, cambia el ritmo respiratorio. Así nos preparamos para luchar o para huir, dependiendo de en qué situación (de superioridad o inferioridad) estemos ante el agresor. Esta vía, denominada magnocelular y resultante de la activación del circuito neuronal tálamo-amígdala, dispara una alerta inmediata mucho antes de que hayamos realizado un análisis mínimamente consciente de la situación.

            Pero no solo hay automatismos. Junto con esta preparación automática de nuestro cuerpo para responder a la amenaza, se activa la vía parvocelular, ruta mucho más precisa y lenta que permite decidir con “voluntariedad sopesada”. Intercalando un paso intermedio por la corteza cerebral (tálamo-corteza prefrontal-amígdala), valoramos el peligro y modulamos “juiciosamente” la respuesta. Así “nos pensamos” si actuar o dejar sin contestación física a la amenaza del “fanfarrón”.

            Aunque en nuestro contexto civilizado actual rara vez los conflictos personales suponen un peligro físico, nuestra biología sigue reaccionando igual que millones de años atrás. Y con un dato añadido de especial trascendencia: es mejor sobrerreaccionar ante posibles amenazas que subestimarlas. Es lo que se denomina el sesgo de negatividad, que nos hace percibir hostilidad incluso cuando no la hay. En otras palabras, que nuestro cerebro prioriza la seguridad sobre la exactitud y tiende a dar galletas antes de que te las den.

            Por eso hay que insistir tanto en la educación: para evitar tirarse directamente a la yugular del que osa enviarnos una mirada de odio y prevenir escenas tan poco evolucionadas como las que manifiestan algunas competiciones deportivas o los plenos de algunos parlamentos.

            Recibir esa manifestación de hostilidad por parte de unos ojos ajenos nos despierta una mezcla de miedo y rechazo que hace que nos invada un malestar automático e irracional. Y es que no se trata sólo de una declaración de malas intenciones por parte del emisor: esta silenciosa “agresión emocional” nos saca inmediatamente de nuestro estado de armonía para obligarnos a ponernos en guardia, medir nuestra seguridad y sopesar nuestra fortaleza emocional. En otras palabras, nos asusta.

            Sentir odio dirigido hacia nosotros es un desagradable recordatorio de nuestra vulnerabilidad, una incómoda autoevaluación de fragilidad y una activación del más viejo de nuestros instintos animales: el instinto de supervivencia.

            El origen de las miradas de odio

            Los ojos no solo ven. También hablan.

            Son unos curiosos órganos sensoriales que, a diferencia de las papilas gustativas, los oídos o los receptores de temperatura, no solamente reciben señales del medio externo sino que también son capaces de emitir información.

            Lo hacen porque, ayudados por la musculatura periocular y por la posición de los párpados, contribuyen decisivamente a la expresión facial, una manera muy antigua que tenemos los homínidos de comunicarnos.

            Nuestra misión es compartir el conocimiento y enriquecer el debate.

            De hecho, se ha descubierto hace pocos meses que chimpancés, bonobos y gorilas no solo utilizan los gestos como expresiones fijas de mensajes estereotipados simples. Es mucho más que eso: expresan la amenaza, la alegría, la rivalidad o la sumisión de forma muy dinámica según sea el contexto, aportando matices variables y discriminantes en intercambios comunicativos sociales muy sofisticados.

            Esto nos dice que las “miradas asesinas”, entre otras formas comunicativas no verbales, no son patrimonio exclusivamente humano: forman parte de un sistema de comunicación complejo presente en nuestros ancestros mucho antes del desarrollo del lenguaje oral.

            Miradas que ahorran energía

            Estas formas de comunicación se seleccionaron positivamente por puro ahorro energético. Y en dos sentidos.

            Primero, porque ofrecían una forma de resolver problemas evitando la violencia y el desgaste físico que ésta supone, tanto en mortalidad como en morbilidad. Marcar la dominancia o proteger el territorio ya no implicaba la necesidad de lucha física. Lo vemos actualmente en nuestros “primos” gorilas, donde mirar fijamente a un congénere es suficiente para decir “no te acerques” sin llegar al explícito combate corporal.

            En segundo lugar, reconocer estas señales aporta ventajas claras, como anticipar peleas o evitar fraguarnos enemistades potencialmente peligrosas.

            Resumiendo, la mirada de odio es un vestigio estratégico de comunicación ancestral para leer la intención de otros y reaccionar preventivamente antes de que se desencadenen consecuencias irreversibles.

            La sofisticación de la mirada de odio humana

            Pero los humanos no nos hemos contentado con heredar este utilísimo “radar” de conflictos. Lo hemos optimizado y de una forma bastante creativa: jugando con los contrastes de color.

            Los Homo sapiens tenemos la esclerótica blanca, a diferencia de otros primates donde suele ser oscura o del mismo tono que el iris. Esto nos permite detectar inmediatamente la orientación de la mirada e interpretar rápidamente su objetivo. Esta precisión ha sido de lo más útil: una simple alteración en la coloración de la esclerótica ha transformado los ojos en órganos capaces de mandar mensajes mucho más sutiles y personalizados que los del resto de primates.

            Por otra parte, la esclerótica blanca también amplifica la expresión de las emociones. La sorpresa, la alegría o la amenaza que puedan transmitir movimientos o cambios mínimos del iris se perciben con mucha más claridad en un ojo de “colores contrastados”. Esta precisión fina en la mirada nos proporcionó una herramienta muy poderosa a la hora de facilitar la comunicación de intenciones en una estirpe eminentemente social como la nuestra, favoreciendo claramente la cooperación grupal.

            La interpretación cerebral de las miradas de odio

            Pero de poco nos serviría emitir señales oculares mucho más sofisticadas que el resto de primates si no fuésemos capaces de descodificarlas en toda su pluralidad y complejidad. Y, ahí, nuestro cerebro interviene brillantemente interpretando la señal de amenaza que supone una mirada de odio de dos formas diferentes pero hábilmente complementarias.

            Una primera respuesta, rápida, supone una reacción automática del cuerpo que tensiona músculos, aumenta el ritmo cardíaco e, incluso, cambia el ritmo respiratorio. Así nos preparamos para luchar o para huir, dependiendo de en qué situación (de superioridad o inferioridad) estemos ante el agresor. Esta vía, denominada magnocelular y resultante de la activación del circuito neuronal tálamo-amígdala, dispara una alerta inmediata mucho antes de que hayamos realizado un análisis mínimamente consciente de la situación.

            Pero no solo hay automatismos. Junto con esta preparación automática de nuestro cuerpo para responder a la amenaza, se activa la vía parvocelular, ruta mucho más precisa y lenta que permite decidir con “voluntariedad sopesada”. Intercalando un paso intermedio por la corteza cerebral (tálamo-corteza prefrontal-amígdala), valoramos el peligro y modulamos “juiciosamente” la respuesta. Así “nos pensamos” si actuar o dejar sin contestación física a la amenaza del “fanfarrón”.

            Aunque en nuestro contexto civilizado actual rara vez los conflictos personales suponen un peligro físico, nuestra biología sigue reaccionando igual que millones de años atrás. Y con un dato añadido de especial trascendencia: es mejor sobrerreaccionar ante posibles amenazas que subestimarlas. Es lo que se denomina el sesgo de negatividad, que nos hace percibir hostilidad incluso cuando no la hay. En otras palabras, que nuestro cerebro prioriza la seguridad sobre la exactitud y tiende a dar galletas antes de que te las den.

            Por eso hay que insistir tanto en la educación: para evitar tirarse directamente a la yugular del que osa enviarnos una mirada de odio y prevenir escenas tan poco evolucionadas como las que manifiestan algunas competiciones deportivas o los plenos de algunos parlamentos.

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