En manos de psicópatas
Donald Trump es ese niño maleducado que piensa que
Dios creó lo mejor del mundo para él, dejando

la basura para el resto de la humanidad.
Si algo caracteriza la mente de un psicópata es su incapacidad para percibir el dolor ajeno, para ponerse en la piel del otro, para la empatía. Periódicamente, sin saber con certeza la razón última, el mundo cae en manos de psicópatas, unas veces mediante golpes de estado, otras aupados por el voto de una población ignorante que parece querer acelerar como sea el fin de la especie. Recuerdo de pequeño a un crío de la escuela que tenía un interés especial por jugar con todo lo que tenían los demás siendo él quien más cosas tenía en un tiempo de escasez y pobreza. No le gustaba jugar, le gustaba que los demás no lo hiciesen y disfrutar jodiendo a los demás. Me acompañó hasta los quince años, nunca fuimos amigos y pude contemplar su caída no sin cierto regocijo.
Para Trump, Arabia Saudí es un país ejemplar donde los reyes feudales del petróleo imponen la ley de dios y administran justicia según estipulan los libros sagrados
Donald Trump es ese niño maleducado que piensa que Dios creó lo mejor del mundo para él, dejando la basura para el resto de la humanidad. No sé si es tonto o es listo, ni me interesa, está claro que es un tipo primario al que sólo complace la riqueza, el acaparamiento de bienes materiales y quedarse con los juguetes de los demás. Para él no existe la esperanza, ni la utopía, ni siquiera los derechos que están escritos en las páginas más destacadas de las constituciones. No existe tampoco el bien y el mal, sino la supremacía de su raza -no hay más que mirarlo a él para comprobarlo- y la de la Biblia, libro que sigue justificando tanto sus decisiones como las de su amigo de Israel. Dios mandó matar a su hijo a Abraham, no dudó en aniquilar a los egipcios con plagas interminables, propagó el odio por Oriente y mandó matar a miles de personas para favorecer a los suyos y escarmentar a los enemigos. Era un Dios vengativo, diabólico, psicopático, incapaz de amar. Siendo todopoderoso, pudiendo haber hecho el mundo como le hubiese dado la gana, decidió hacerlo mal y bendijo la violencia como recurso legal de los más crueles para imponerse.
El odio cerval a la sabiduría y a la ternura, el amor a la crueldad y al abuso son algunos de los rasgos más comunes de quienes hablan en nombre de Dios para salvar la Civilización. Franco hablaba en nombre de Dios, era dictador por su gracia y dormía con el brazo incorrupto de Santa Teresa en su dormitorio. Dicen que carecía de miedo, aunque siempre mandaba a otros a morir, que jamás tuvo amigos y que organizó una guerra de destrucción y muerte para salvar a la civilización cristiana de la amenaza comunista. Como bien escribe el historiador Miguel Ángel del Arco Blanco en su libro La hambruna española. Franco, en nombre de Dios y con la ayuda de Santiago Matamoros, ganó la guerra que él y sus amigos montaron, destrozó España y durante más de veinte años los españoles se murieron de hambre y enfermedad como nunca lo habían hecho. El hambre de la posguerra facilitó la mano de obra barata a los compañeros de viaje del tirano, posibilitando su enriquecimiento instantáneo durante los años del estraperlo y el racionamiento. Por su parte, Hitler también quería salvar la civilización occidental poniendo a Europa entera bajo el mando de una raza blanca superior que de sobra sabía lo que convenía a todos, a unos morir, a la inmensa mayoría sufrir y a una minoría disfrutar como si no hubiese un mañana de los bienes terrenales, al fin y al cabo, razón última de todos los tiranos.
Tanto la invasión de Venezuela como el ataque a Irán, forman parte de la estrategia que Dios ha ordenado a Trump mientras daba patadas al globo terráqueo del Salón Oval
Ahora nos ha tocado Donald Trump, un hombre que no cree absolutamente en nada más que en su Dios y en el dinero. Trump está obsesionado con la historia porque quiere estar en ella con letras de oro. Desde luego lleva camino de conseguirlo en tiempo récord, pone su nombre en monumentos, empresas, edificios públicos, edita monedas con su efigie y pasa veintitrés horas al día mirándose al espejo imitando a la madrastra de Blanca Nieves. No existe en el la duda, ni el remordimiento, ni la capacidad de sentir la belleza, llena la Casa Blanca de árboles de Navidad, cientos, destruye un ala del edificio para hacerse un salón de baile como el de Lo que el viento se llevó pero a lo grande, encarga tartas de trescientos kilos, reparte en sus fiestas miles de hamburguesas de la mejor carne que John Wayne ha conseguido para él, juega con sus hijos y amigos a matar latinos en su mansión de Mar-A-Lago y sueña con un mundo libre de homosexuales, hispanos, negros y orientales, gentes que no fueron creados a imagen y semejanza de Dios y que, por tanto, son una amenaza para su obra inconmensurable.
Para Trump, Arabia Saudí es un país ejemplar donde los reyes feudales del petróleo imponen la ley de dios y administran justicia según estipulan los libros sagrados. Son obedientes y no crean problema, tienen licencia para matar y torturar a su antojo. Muy cerca está Irán, el país de Ciro, Darío, de Jerjes y Atajerjes, una de las civilizaciones más asombrosas de la antigüedad que es también una teocracia terrible. No son obedientes, son díscolos y van por su cuenta, sus reservas de petróleo son las terceras del mundo. Han vivido demasiado. Estados Unidos secuestró a Maduró después de matar a un montón de venezolanos únicamente para asegurarse el petróleo de ese país. Con ese botín bien amarrado, decidió atacar Irán, no sabemos hasta cuando, pero sí el objetivo. Al igual que en Venezuela ni Trump ni su país pretenden establecer un régimen democrático en el país de los ayatolás, sino apropiarse del petróleo y sobre todo cortar el suministro a China, volar por los aires la nueva ruta de la seda que permitía a ese país comerciar con África.
Como Franco, Trump es abstemio, y no podemos achacar sus órdenes ejecutivas a los efectos del alcohol. Es el jefe del país más rico del mundo, pero sus calles están llenas de pobres
Tanto la invasión de Venezuela como el ataque a Irán, forman parte de la estrategia que Dios ha ordenado a Trump mientras daba patadas al globo terráqueo del Salón Oval. Como Franco, Trump es abstemio, y no podemos achacar sus órdenes ejecutivas a los efectos del alcohol. Es el jefe del país más rico del mundo, pero sus calles están llenas de pobres; preside la nación dueña de la mayoría de nuevas tecnologías que usamos a diario para nuestra desgracia, pero no concibe darles un uso justo; manda en el ejército más poderoso del planeta, un ejército que gasta lo mismo que el resto del mundo, pero que será incapaz de vencer salvo con la paz de los cementerios. Trump no lo sabe, pero quienes mandan sobre él, sobre ese niñato abusón, primario, maleducado y cazurro, sí: Saben que la única manera que tiene su país de seguir siendo el amo es matando, asesinando a mansalva, en cualquier país del mundo, sin escrúpulos, sin remordimientos, sin mesura. Para eso está él ahí, para acabar con el Derecho Internacional, con la Democracia y los Derechos Humanos. Nuestro deber es impedirlo y mandarlo al infierno de la Historia.