Biodiversidad
jurídica
Hasta que la Inteligencia Artificial colonice el procedimiento judicial, que no dudo que pueda terminar por hacerlo, es el cerebro humano de los profesionales de la justicia el que decide sobre vidas y haciendas de las personas.
Pero, tratándose de cerebros, hay que recordar que, ese órgano humano, se ha descrito como la "estructura más compleja del universo". Tiene más de 86 mil millones de neuronas (una cifra de 9 ceros) que, cuando se ponen en funcionamiento, nadie sabe lo que puede salir de ahí. De hecho, es el órgano de las personas que mayor cantidad de energía consume. Por cierto, eso es lo que debe explicar por qué los centros de IA necesitan tanta energía para funcionar ya que la actividad pensante es muy cansada.
El juez Peinado, en un alarde de ingenio jurídico ha encontrado un delito ad hoc porque, parece ser, quiere que, eso que ha montado, lo termine decidiendo un jurado popular
Esa enorme cantidad de neuronas se pone en marcha mediante actos de deducción, intuición, reflexión, meditación, análisis o consideración. Pero, esos procesos, pueden estar condicionados por otros como la intención, la desviación o la interpretación. O, incluso, la premeditación. Y todo eso genera lo que se llama libre albedrío, es decir, vete a saber lo que puede salir de ahí.
Ahora, coloquen ustedes un cerebro de esos en la cabeza de un personaje togado, de esos que, además, están dotados de una virtud, la "independencia judicial" que, aunque no está incluida en la lista de las teologales, mola cantidad. Pues, en ese caso, y como se sabe en el sector, de un tribunal sabes cómo entras pero no como sales.
Porque, y aunque hay jueces que son hermanos, cada uno es de su padre y de su madre y cualquiera sabe lo que puede terminar diciendo. Y es que, como diría Rafael el Gallo, hay "jueces pá tó" y esta variedad de personajes en el medio ambiente judicial bien podría conocerse como biodiversidad jurídica.
Parece que el propio sistema es consciente de ello y, por eso, cuando se juega la fase final de los procesos judiciales, con vista pública y pruebas testificales y documentales contrastadas por las partes, la decisión se hace en sala. Y, a veces, con la intervención de jurado popular. Esto significa que la decisión es adoptada por varios cerebros y es la estadística quien puede corregir algunas decisiones personales, es decir, excéntricas.
Pero, en el caso de la instrucción, es un solo cerebro el que toma la decisión y, además, con una característica singular. Puede tomar esa decisión a partir de una cosa tan sutil llamada indicios. Y quedarse con la tranquilidad suficiente para dormir de un tirón por las noches a pesar de la edad que suele tener la mayoría de magistrados.
Así, esa biodiversidad hace que, ante una pistola humeante, por ejemplo, un juez, como García Castellón, pueda decir que el humo no es tal, sino vaho saliendo de la boca del portador del arma. O que, otro como Peinado, pueda ver humo donde no hay nada. Porque, ya se sabe que, nada es verdad ni es mentira, todo es…, etc, etc.
Y, hete aquí, que nos vamos a encontrar con dos causas jurídicas armadas por esos dos especímenes de juez. Una ya la tenemos en marcha, la del juez García Castellón y otra, la de Peinado, se nos anuncia para próximas fechas en las carteleras de espectáculos.
Sobre esta segunda, acabo de escuchar unas declaraciones del ministro del ramo, diciendo que la conducta del juez Peinado puede avergonzar incluso en el propio estamento judicial. No estoy de acuerdo con eso.
El juez Peinado no es un elemento extraño en el sistema judicial. Si fuera un cuerpo extraño, el sistema hubiera reaccionado separándolo del mismo, que es lo que hacen los sistemas con los elementos extraños. El juez Peinado es carne de la carne y sangre de la sangre del cuerpo judicial. Y, por eso, la instrucción que ha hecho del extraño caso de Begoña Gómez, "va p'alante", como diría el clásico, y se va a dirimir en una sala.
Por cierto, Peinado, en un alarde de ingenio jurídico ha encontrado un delito ad hoc porque, parece ser, quiere que, eso que ha montado, lo termine decidiendo un jurado popular. Quizás confíe en que pueda llegar a formar parte de ese jurado alguno de los visitantes nocturnos de la madrileña calle Ferraz, de esos que colgaban un muñeco representando al marido de Begoña Gómez.
Bien, terminemos de recordar un par de cosas. Una, que hay que tener fe en la justicia. Y, otra, que fe es creer en lo que no se ve.










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