Un hombre camina frente a un edificio de Palantir. EP/Archivo
No podremos decir que no la veíamos venir. La lucha que viene no la hemos decidido. Nos ha sido impuesta. Hay que librarla, sin embargo, sin aplazarla y sin desfallecer.
El Manifiesto Palantir no es el punto de inicio de este combate, pero sí el cañonazo que debe despertarnos de una vez. Los mundos distópicos dominados por grandes corporaciones tecnológicas —que los aficionados a la ciencia ficción conocemos bien desde Neuromante de William Gibson— aún no están completamente aquí, pero tampoco están en pañales.
Hay que estar atento a la principal impugnación que postula cada iteración del movimiento reaccionario. El neoliberalismo, como reacción contra el consenso socialdemócrata de la segunda posguerra mundial, cuestiona el Estado social y el intento de someter democráticamente el capitalismo. El populismo de extrema derecha subvierte el Estado de Derecho y rechaza el pluralismo. Los neorreaccionarios refutan la idea misma de la democracia y la soberanía popular.
La progresión entre los tres es significativa. El neoliberalismo vacía la democracia en nombre de la supuesta eficiencia de los mercados. El populismo de extrema derecha vacía la democracia erosionando sus instituciones y normas y expulsando del “nosotros” a todo aquel que, desde su perspectiva, amenace el restablecimiento del pasado glorioso de la nación. Finalmente, el movimiento neorreaccionario actual pretende sustituir por completo la democracia formal por el ejercicio directo del poder por parte de la oligarquía.
Cada una de estas corrientes de fondo, en cada una de las múltiples expresiones en que pueden encontrarse, ha sido y es funcional a los intereses de los más poderosos. Conviven, a pesar de algunas contradicciones doctrinales, precisamente por eso.
La creciente sinceridad y transparencia en la exposición de su verdadero programa me parece indicativa, al menos, de tres fenómenos.
En primer lugar, el capitalismo anglosajón global teme perder la posición de dominio alcanzada desde el final de la Guerra Fría y siente la necesidad de afianzarla por la fuerza ahora que cree que aún podría conseguirlo. En segundo lugar, el poder real que ha impulsado durante décadas el auge del populismo de extrema derecha considera que esta fase está cerca de alcanzar el máximo de lo que puede esperarse, y se ha cansado de la plebe. Aunque la masa reaccionaria actúe objetivamente favoreciendo su interés, intentando aniquilar las fuerzas progresistas y democráticas, sienten que ya pueden emanciparse definitivamente. En tercer lugar, han penetrado lo suficiente en los engranajes del sistema y se sienten llamados a asumir ya el papel que creen que les corresponde por su mérito: dirigirnos sin interferencias.
Cuando Peter Thiel escribía “ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”, se refería precisamente a que la democracia era un obstáculo para la libertad de quienes pueden porque tienen y tienen porque pueden.
Es necesario conocer la densa red de relaciones e influencias en el conglomerado de poder que hoy se proyecta desde la internacional reaccionaria. Karp y Thiel son cofundadores de Palantir y, al menos este último, mantiene una clara proximidad ideológica con Curtis Yarvin, uno de los autores prominentes de lo que se ha denominado la "Ilustración Oscura". A la vez, el actual vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, había trabajado para Thiel y ha hablado bien de Yarvin. Así, Yarvin elabora las ideas, Thiel financia y conecta, y Vance ejecuta políticamente su visión.
La función de liderazgos como los de Trump o Milei, a partes iguales peligrosos y grotescos, es la de ejercer sobre las instituciones y consensos el mismo efecto que el de las bombas israelíes sobre Gaza o el Líbano: arrasarlo todo, no dejar piedra sobre piedra y dejar el terreno preparado para la siguiente fase del plan, tan claramente expuesto por Alex Karp en el libro La república tecnológica y en el Manifiesto Palantir.
Todavía no hemos encontrado el término más adecuado para definir lo que se nos viene encima. Hay quien lo llama tecno-oligarcas, hay quien lo llama tecnofeudalismo y hay quien lo llama tecnofascismo. Probablemente debamos encontrar uno más conciso. Con el nombre que sea, su embestida ya hace temblar el suelo bajo nuestros pies y la polvareda que levanta se divisa en el horizonte. No tienen otra cosa que ofrecer que opresión, dominación y explotación. Quizá sea momento de ordenar bien nuestras filas.
Para oponernos con éxito a la guerra relámpago que, tras años de preparación, los poderosos ya están librando contra todos nosotros, seguramente bastará con fijarnos en aquello contra lo que apuntan el neoliberalismo, el populismo de extrema derecha y los neorreaccionarios.
Si la lógica neoliberal del capitalismo desatado provoca una acumulación de riqueza —y, por tanto, tal desequilibrio de poder— que la hace incompatible con la democracia, será necesario entonces ampliar los márgenes de lo imaginable y hacerlo posible construyendo las mayorías sociales y políticas necesarias. Profundizar en el carácter social de los Estados en los que vivimos será la mejor manera de garantizar el carácter democrático de nuestras sociedades.
Si el populismo de extrema derecha explota el miedo al otro y la inquietud por un futuro incierto, habrá que restablecer la confianza en la capacidad que tenemos, juntas, de cooperar para el progreso común. Será necesario construir una comunidad política que se mantenga viva porque es abierta, diversa y plural.
Si el movimiento neorreaccionario quiere aniquilar la soberanía popular a escala global, habrá que garantizar el control democrático del poder en cada uno de los niveles de decisión y en cada uno de los ámbitos que afectan a la vida, partiendo de la igual libertad de cada uno de nuestros congéneres.
Ferran Pedret i Santos, presidente del grupo del PSC en el Parlament de Catalunya

No hay comentarios:
Publicar un comentario