No podremos decir que no la veíamos venir. La lucha que viene no la hemos decidido. Nos ha sido impuesta. Hay que librarla, sin embargo, sin aplazarla y sin desfallecer.

El Manifiesto Palantir no es el punto de inicio de este combate, pero sí el cañonazo que debe despertarnos de una vez. Los mundos distópicos dominados por grandes corporaciones tecnológicas —que los aficionados a la ciencia ficción conocemos bien desde Neuromante de William Gibson— aún no están completamente aquí, pero tampoco están en pañales.

Hay que estar atento a la principal impugnación que postula cada iteración del movimiento reaccionario. El neoliberalismo, como reacción contra el consenso socialdemócrata de la segunda posguerra mundial, cuestiona el Estado social y el intento de someter democráticamente el capitalismo. El populismo de extrema derecha subvierte el Estado de Derecho y rechaza el pluralismo. Los neorreaccionarios refutan la idea misma de la democracia y la soberanía popular.

La progresión entre los tres es significativa. El neoliberalismo vacía la democracia en nombre de la supuesta eficiencia de los mercados. El populismo de extrema derecha vacía la democracia erosionando sus instituciones y normas y expulsando del “nosotros” a todo aquel que, desde su perspectiva, amenace el restablecimiento del pasado glorioso de la nación. Finalmente, el movimiento neorreaccionario actual pretende sustituir por completo la democracia formal por el ejercicio directo del poder por parte de la oligarquía.

Cada una de estas corrientes de fondo, en cada una de las múltiples expresiones en que pueden encontrarse, ha sido y es funcional a los intereses de los más poderosos. Conviven, a pesar de algunas contradicciones doctrinales, precisamente por eso.