Según la Real Academia de la Lengua, antisemita es quien “muestra hostilidad o prejuicios contra los judíos, su cultura o su influencia”. Pero denunciar el genocidio que perpetran a diario el primer ministro de Israel y su gobierno es algo bien distinto. Se trata de condenar la masacre deliberada, sistemática y contraria al derecho internacional que llevan a cabo estos personajes contra los pueblos vecinos. |
Somos muchos quienes en España mostramos nuestra solidaridad con el pueblo judío, víctima de expulsiones y persecuciones terribles e injustas a la largo de la historia. El Holocausto forma parte de los actos más deplorables y vergonzosos de la historia de la Humanidad. Los atentados cometidos por grupos terroristas como Hamas contra la población israelí, financiados en algunos casos por gobiernos de otros países, como Irán, son absolutamente condenables. Y, desde luego, aún existe racismo y antisemitismo por erradicar en muchas partes del mundo. |
También somos mayoría quienes mantenemos respeto por la historia, la cultura y la religión del pueblo judío. Es más, el pueblo israelí merece nuestra admiración por su capacidad para sobreponerse a las adversidades más dramáticas, para prosperar con eficacia en contextos muy duros, para generar y exportar tecnologías eficientes, para dar ejemplo al mundo en su capacidad de esfuerzo y resiliencia. Y, desde luego también, hay que reconocer a Israel el derecho a defenderse de aquellos que han explicitado su intención de hacerle desaparecer como Estado. |
Ahora bien, todo esto no es óbice para denunciar y condenar con toda contundencia el genocidio organizado y ejecutado por el gobierno radical de Netanyahu contra otras poblaciones en su entorno. El asesinato en masa de población civil en Gaza y en Líbano, los bombardeos sobre población civil en Irán, las masacres en el sur del Líbano y las agresiones permanentes en Cisjordania son episodios absolutamente intolerables. |
Los objetivos, además, apenas se ocultan ya. Los gobernantes actuales de Israel reconocen abiertamente la voluntad de acabar con las poblaciones vecinas, reducir a escombros sus infraestructuras y viviendas, y devolverles así “a la Edad de Piedra”. Solo el inefable aliado Trump se ha atrevido a verbalizar la intención abierta de las últimas acciones de Israel y Estados Unidos: “una civilización entera morirá”. Esto solo puede llamarse de una manera: genocidio. Y la respuesta solo puede ser una también: la denuncia, la condena, el aislamiento internacional y las sanciones globales. |
Resultan enormemente decepcionantes algunas reacciones a estas matanzas en la escena internacional. Trump respalda, justifica y colabora, como cabría esperar de semejante individuo y su administración ultraderechista. Otros las apoyan abiertamente, como Abascal y Ayuso en España. Y la mayoría calla, por indiferencia inmoral, por temor al castigo del poderoso lobby israelí o por interés de obtener su ayuda o financiación. Todos ellos acaban resultando cómplices. |
La mayoría de los españoles, abascalistas y ayusistas aparte, nos sentimos orgullosos de la posición mantenida por el presidente Pedro Sánchez y su gobierno, claro y valiente en la condena del genocidio israelí y partidario de que la Unión Europea rompa sus acuerdos de amistad con el gobierno genocida. Orgullosos de estar en el lado correcto de la historia, una vez más. Y satisfechos por las diatribas y amenazas de matón que recibimos de Netanyahu. |
Y esto no es antisemitismo. Esto es anti pura maldad. |
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