En realidad, Vox siempre habitó dentro del PP.
Lo único que ha ocurrido es que la ultraderecha, antes agazapada dentro del propio partido, ahora —adolescente, independizada de la nave nodriza y libre de complejos— es quien marca las condiciones.
Vox es el hijo agresivo del PP: aquel machirulo, déspota, que se fue de casa y ha adoptado un discurso revolucionario para convencer a ese grueso de hombres jóvenes que también se están revolviendo contra la política woke, contra el abuso de los logros sociales y comunitarios.
La ideología del individualismo, disfrazada de promesas como conseguir “viviendas para todos”, que saben muy bien que jamás se cumplirán.
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